Mientras el país miraba la cancha, en las sombras del Concejo Deliberante se cocinaba una decisión que pasó casi inadvertida: la Costanera Nébel fue rebautizada con el nombre de Julio Argentino Roca. Sin debate público, sin ruido, aprovechando el fervor mundialista como pantalla. Un acto simbólico que, para muchos, no es menor ni inocente.
El contexto internacional no ayudó a bajar la temperatura. En la previa a la semifinal del Mundial, la FIFA, el FBI, la Policía de Georgia y las autoridades de seguridad argentinas e inglesas acordaron prohibir el ingreso al estadio con carteles o banderas de contenido político, incluido el llamado “mapita de Malvinas”, según lo definió la propia ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva. La respuesta fue la que suele ser cuando se intenta reprimir un símbolo: apareció una sábana con la inscripción prohibida que dio la vuelta al mundo. Los jugadores, por su parte, cantaron el Himno con una emoción que no necesitó explicación.
Hay una línea que une esos episodios. El Himno que hoy se canta en los partidos es una versión mutilada. En su formato original duraba cerca de veinte minutos. Fue Julio Argentino Roca, en el año 1900, quien decretó su reducción: quitó las estrofas que evocaban la derrota colonial española y también aquellas que reconocían la participación de los pueblos originarios en la independencia. Dos borraduras en una sola firma.
No es un dato menor para entender qué significa poner el nombre de Roca en una calle. Según quienes rechazan la decisión del Concejo, Roca representa el genocidio de los pueblos indígenas, el secuestro y la apropiación de niños, la tortura, los campos de concentración y la construcción de un modelo agroexportador atado a los intereses británicos. No es una lectura caprichosa: es el propio Julio Roca hijo quien, durante el escandaloso Pacto Roca-Runciman de la década del 30, definió a la Argentina como “una parte del Imperio británico”.
El modelo que Roca lideró también dejó registro en el interior del país. Fue su propio ministro, Joaquín V. González, quien encargó al investigador Juan Bialet Massé un relevamiento sobre las condiciones laborales en Argentina. El resultado fue el célebre Informe sobre el estado de las clases obreras en el interior de la República, publicado en 1904, donde se denunciaron jornadas extenuantes, salarios de miseria y ausencia total de condiciones de seguridad para los trabajadores.
La pregunta que queda flotando es directa: ¿qué quisieron expresar los concejales al rendir ese homenaje? Los símbolos no son decorativos. Tienen peso, tienen historia, tienen consecuencias. Poner un nombre en una calle es una declaración, aunque se haga en silencio y al amparo de un partido de fútbol. La ciudad merece saber, con claridad, qué valores eligió honrar en su espacio público.