Una bandera. Cuatro palabras. «Las Malvinas son Argentinas» desplegada tras la victoria ante Inglaterra en las semifinales del Mundial 2026 fue suficiente para desatar una campaña de críticas que recorrió medios de todo el mundo. Ellos ocupan el territorio, pero los tramposos somos nosotros. Así está el mundo.
El comediante y locutor inglés Francis Foster fue uno de los primeros en saltar: dijo que Argentina es «un país de tramposos». El diario The Telegraph tituló que Messi «está rodeado de auténticos sinvergüenzas» y acusó al equipo de recurrir a «tácticas antideportivas». La italiana La Gazzetta dello Sport fue todavía más lejos: sostuvo que si Argentina ganaba la final, «hubiera sido un insulto al fútbol». ¿Insulto al fútbol, en serio?
El cruce entre Otamendi y el capitán español Rodri resumió bastante bien el clima: «Lloraste toda la semana. Toda la semana estuviste llorando. Vos y Laporte, los dos», le espetó el defensor argentino. Una respuesta sin filtro que desnudó la irritación del otro lado.
Ya existen análisis que señalan que la campaña antiargentina comenzó el primer día del Mundial y fue creciendo de manera sostenida. No es la primera vez que se usa esta metodología: degradar a quien se anima, humillar a quien cambia el juego. En un mundo donde escasean los que se juegan por algo, la selección argentina molesta precisamente porque sus jugadores se juegan todo, transpiran la camiseta y no miran para otro lado cuando se trata de la bandera o de la historia del país.
El contraste con ciertos discursos locales es inevitable. Mientras el equipo nacional demuestra en cada partido que no todo da igual, el gobierno de Javier Milei votó en contra de una resolución de la Asamblea General de la ONU que reconocía la trata transatlántica de esclavos como crimen de lesa humanidad, quedando junto a Estados Unidos e Israel como los únicos tres votos en contra de una medida que obtuvo 123 votos a favor. La misma administración que repite «no hay plata» destinó, según datos que circulan en el debate público, más de dos mil millones de pesos solo en 2025 para reprimir las marchas de jubilados de los miércoles, un monto equivalente a más de 5.500 jubilaciones mínimas.
La selección y sus gestos no resuelven ninguna de esas contradicciones, pero las exponen. Y eso, para muchos adentro y afuera del país, resulta incómodo.