¿Se puede discutir el futuro del INTA sin caer en la nostalgia barata? La pregunta que realmente importa no es qué fue la institución en el pasado, sino qué tipo de institucionalidad necesita hoy la Argentina para seguir conectada con la frontera mundial de la ciencia y la tecnología agropecuaria.
La historia económica es clara: las sociedades que lograron desarrollarse fueron aquellas capaces de construir capacidades científicas y tecnológicas acordes a cada época. No alcanza con producir conocimiento; hay que crear instituciones capaces de absorberlo, adaptarlo y traducirlo en productividad, competitividad y bienestar.
El Premio Nobel de Economía 2024 otorgado a Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson volvió a poner este tema en el centro del debate global. Sus trabajos destacan que el desarrollo económico depende de la calidad de las instituciones y de su capacidad para adaptarse a los cambios tecnológicos y sociales.
La Revolución Industrial estuvo asociada a nuevas instituciones financieras, educativas y tecnológicas. La expansión agrícola de Estados Unidos en el siglo XIX no habría sido posible sin la creación de las universidades “land grant”, los servicios de extensión y las estaciones experimentales que articularon ciencia y producción.
Durante la posguerra, el mundo construyó nuevas plataformas internacionales de investigación agrícola, como el CGIAR, responsable de buena parte de las innovaciones que impulsaron la Revolución Verde y evitaron crisis alimentarias masivas en Asia y América Latina.
Los grandes saltos productivos nunca fueron resultado exclusivo del mercado ni de decisiones empresariales individuales. Requirieron ecosistemas institucionales capaces de sostener investigación de largo plazo, formar recursos humanos y conectar a productores con las nuevas tecnologías.
Estados Unidos construyó una maquinaria institucional extraordinariamente dinámica a través del USDA, las universidades estatales y los sistemas de extensión. Ese modelo fue evolucionando: desde la mecanización del siglo XX hasta la actual convergencia entre biotecnología, inteligencia artificial y agricultura digital.
La Argentina entendió tempranamente esta importancia. La creación del INTA en 1956 respondió a esa visión estratégica: el país necesitaba una institución capaz de acercar la ciencia moderna al agro nacional y generar capacidades tecnológicas adaptadas a las condiciones locales.
En aquel momento, la decisión tenía una lógica histórica clara. La estructura institucional de las provincias era limitada; muchas carecían de capacidades científicas o universidades consolidadas. El INTA surgió como una gran plataforma nacional de articulación tecnológica, con presencia territorial y capacidad para integrar investigación, extensión y desarrollo productivo.
El impacto fue enorme. La modernización agrícola argentina de las décadas posteriores —desde la agriculturalización hasta la expansión de la siembra directa— tuvo en el INTA un actor clave. Pero hoy el contexto cambió radicalmente, y las instituciones deben evolucionar o quedar obsoletas.