¿Cuándo fue la última vez que un país le dijo chau a la Organización Mundial de la Salud? Nunca. Hasta ahora. Argentina acaba de escribir una página inédita en la historia sanitaria global al formalizar su salida de la OMS durante la Asamblea Mundial de la Salud.
El ministro de Salud, Mario Lugones, fue el encargado de comunicar la decisión que tiene en vilo a la comunidad internacional. Su argumento: el país “recupera soberanía sanitaria” tras décadas de dependencia de los lineamientos globales. Una movida que suena a declaración de independencia, pero que deja más preguntas que respuestas.
La jugada no es total. Lugones aclaró que se mantendrá el vínculo con la Organización Panamericana de la Salud (OPS), especialmente para la compra de vacunas. Una especie de divorcio a medias donde se corta con Ginebra pero se sigue hablando con Washington. ¿Coherencia o conveniencia?
La medida llega en un momento donde las tensiones entre el gobierno nacional y los organismos internacionales escalaron a niveles nunca vistos. Desde la Casa Rosada venían anticipando que las políticas sanitarias iban a tomar un rumbo propio, pero pocos imaginaron que llegarían hasta este punto.
¿Qué significa esto para Entre Ríos y el resto del país? Las consecuencias aún no están claras, pero los especialistas ya advierten sobre posibles complicaciones en el acceso a programas internacionales de salud y cooperación técnica. La soberanía sanitaria suena bien en los discursos, pero la realidad siempre cobra su factura.
La decisión convierte a Argentina en un caso de estudio mundial. Ningún país había dado un paso tan drástico desde la creación de la OMS en 1948. Ahora queda ver si esta apuesta por la autonomía sanitaria será un ejemplo a seguir o una lección de lo que no hay que hacer.