El mercado automotor argentino llegó a mitad de año con una señal de alarma difícil de ignorar: los vehículos fabricados en el país acumularon una caída de alrededor del 23% interanual en los patentamientos del primer semestre. Una cifra que más que duplica el retroceso del mercado general, que cerró el período con una baja del 9,9%.
La brecha entre los autos nacionales y los importados no es un dato menor. Habla de un consumidor que, cuando puede elegir, está optando por otra cosa, o directamente está postergando la compra. Amarok, Peugeot 208 y Fiat Cronos fueron los modelos que registraron las mayores caídas dentro del segmento de producción local, tres nombres que hasta hace poco eran referencia de volumen en el mercado masivo.
No todo fue para abajo. Algunos utilitarios lograron crecer en el período, lo que sugiere que el segmento comercial y de trabajo mantiene cierta tracción, aunque no alcanza para compensar el derrumbe en los autos de uso particular.
El dato del semestre pone sobre la mesa una pregunta incómoda para la industria: si el mercado general cae casi un 10% pero la producción local cae más del doble, el problema no es solo macroeconómico. Hay algo en la competitividad de los vehículos nacionales, en su precio relativo frente a los importados, que está jugando en contra. La apertura de importaciones, el tipo de cambio y la presión impositiva son variables que la industria viene señalando hace meses como factores de distorsión.
El segundo semestre arranca con el sector mirando de reojo las decisiones de política económica que puedan mover el tablero: desde el valor del dólar hasta eventuales medidas de estímulo al consumo. Por ahora, los números del primer semestre dejan poco margen para el optimismo en las terminales que producen en suelo argentino.