No es un animal de campo cualquiera. El jabalí se convirtió en una de las amenazas silenciosas más costosas para la producción agropecuaria argentina, y los números no dejan lugar a dudas: las pérdidas que genera ya alcanzan los US$1.600 millones por año. Y lo peor, según advierten los especialistas, está por venir.
La expansión de esta especie invasora no tiene freno visible. Adaptable, resistente y con una capacidad reproductiva que asusta, el jabalí colonizó zonas rurales de buena parte del país y su población crece a un ritmo que los expertos califican de explosivo. “No me los querría cruzar”, resumió con crudeza uno de los especialistas consultados, una frase que dice más que cualquier informe técnico.
El daño que produce es múltiple y acumulativo. Por un lado, destroza cultivos al hozar la tierra en busca de alimento, arruinando siembras enteras en pocas horas. Por otro, sus movimientos entre campos facilitan la transmisión de enfermedades al ganado, especialmente enfermedades como la brucelosis y la fiebre aftosa, que pueden tener consecuencias sanitarias y comerciales gravísimas para la cadena cárnica. A eso se suma el riesgo directo para las personas: los jabalíes adultos son animales de gran porte, agresivos cuando se sienten acorralados, y los encuentros con trabajadores rurales o cazadores no siempre terminan bien.
El problema no es nuevo, pero sí lo es la escala que está tomando. Durante años, el control de la especie quedó librado a la caza deportiva y a iniciativas aisladas de productores, sin una política coordinada que le hiciera frente de manera sistemática. Ese vacío institucional es, precisamente, lo que los especialistas señalan como la principal deuda pendiente.
El reclamo que surge con fuerza desde el sector técnico y productivo apunta a una estrategia coordinada entre la Nación y las provincias: protocolos de control, relevamiento de poblaciones, incentivos para la caza comercial y marcos regulatorios claros que permitan actuar con velocidad. Sin esa articulación, el jabalí seguirá ganando terreno mientras el campo paga la cuenta.
En Entre Ríos, provincia con una matriz productiva fuertemente agrícola y ganadera, la presencia del jabalí en zonas de monte y bañados es un dato conocido por los productores, aunque el impacto local todavía no está cuantificado con precisión. La pregunta que flota en el ambiente rural es cuánto tiempo más puede ignorarse el problema antes de que el costo sea irreversible.