Cincuenta años después de uno de los crímenes más oscuros de la última dictadura, la Iglesia volvió a poner sobre la mesa una pregunta que incomoda: ¿qué hacemos con los que quedan afuera?
El arzobispo de Buenos Aires encabezó una misa en memoria de los cinco sacerdotes palotinos asesinados el 4 de julio de 1976, en lo que se conoció como la Masacre de San Patricio. En ese marco, lejos de limitarse al recuerdo histórico, el prelado lanzó un mensaje con peso propio sobre el presente: pidió mayor compromiso social ante lo que definió como “el agobio de la falta de trabajo y la aflicción de la pobreza”.
El llamado no fue abstracto ni protocolar. En un país donde los índices de desempleo y pobreza siguen siendo materia de debate político y social, la voz de la Iglesia Católica desde su sede porteña suma una presión moral que ningún gobierno puede ignorar del todo. Acompañar a quienes sufren, dijo el arzobispo, no es una opción sino una obligación.
La figura de los curas palotinos sigue siendo un símbolo potente. Rodolfo Rusconi, Alfredo Leaden, Pedro Duffau y los seminaristas Salvador Barbeito y Emilio Barletti fueron encontrados muertos en la parroquia San Patricio del barrio porteño de Belgrano, en plena noche del terrorismo de Estado. Su memoria no se usa como decorado: se usa como argumento.
En ese contexto, el mensaje del arzobispo adquiere una doble dimensión. Por un lado, honra a quienes murieron por no mirar para otro lado. Por el otro, interpela a una sociedad que, medio siglo después, todavía debate cómo responder ante la exclusión y la marginalidad. El compromiso que reclamó no es nuevo, pero en este momento político y económico suena con una urgencia particular.