Las palabras duelen más cuando se vuelven premonitorias. “Mi mamá lo es todo”, había escrito en sus redes sociales la joven de 28 años que terminó asesinada a puñaladas por la misma mujer que le dio la vida.
El filicidio que conmociona al Chaco tiene todos los ingredientes del horror doméstico que ya conocemos, pero con un giro que hiela la sangre. La madre, después de clavar el cuchillo en el cuerpo de su hija, no huyó ni se escondió. Se entregó a la Policía y confesó el crimen con una frialdad que desconcierta a los investigadores.
¿Qué lleva a una madre a destruir lo que más debería proteger? Los vecinos del barrio chaqueño donde ocurrió la tragedia hablan de discusiones, de gritos que se escuchaban desde la calle, de una relación que se había vuelto tóxica sin que nadie pudiera imaginar este desenlace.
La joven, que trabajaba en un comercio local y mantenía un perfil activo en redes sociales, había mostrado hasta hace pocos días una imagen familiar que contrastaba brutalmente con la realidad. Sus últimas publicaciones hablaban de amor filial, de agradecimiento, de esa conexión que ahora se lee como una ironía cruel del destino.
Los investigadores buscan el móvil exacto del crimen, aunque la confesión de la mujer ya dejó en claro que no hay dudas sobre la autoría. La justicia chaqueña deberá determinar ahora si hubo premeditación o si se trató de un arrebato de violencia que terminó en lo peor.
El caso se suma a las estadísticas de violencia intrafamiliar que siguen creciendo en el país, recordando que los hogares no siempre son refugios seguros y que las relaciones familiares pueden esconder abismos de dolor que explotan sin aviso.