El número habla solo: más de 750 muertos y más de 2.000 casos confirmados en tres provincias del Congo, con un dato que eriza la piel: el 80% de los nuevos contagios llega desde cadenas de transmisión que nadie puede rastrear. El brote de ébola que sacude al país africano desde mayo no para de crecer, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya no disimula la alarma.
Chikwe Ihekweazu, Director Ejecutivo del Programa de Emergencias Sanitarias de la OMS, visitó Bunia, una de las ciudades más golpeadas, y fue directo: “Quizá el hallazgo más alarmante es que muchas de las muertes notificadas recientemente corresponden a personas que fallecieron en sus comunidades, sin llegar nunca a un centro de salud y sin recibir atención”. Personas que murieron solas, sin diagnóstico, sin aislamiento, y con contactos que siguieron circulando sin saberlo.
Ese es el nudo del problema. Cuando alguien muere fuera del sistema sanitario, no se puede aislar su cuerpo ni rastrear rápidamente a quienes estuvieron cerca. El virus gana terreno mientras la respuesta institucional corre detrás sin alcanzarlo. “El brote sigue superando los esfuerzos de respuesta”, admitió el propio funcionario, una frase que en boca de la OMS pesa como una tonelada.
El Centro Africano para el Control y la Prevención de Enfermedades calificó este brote como “el de más rápido crecimiento en el continente”. El virus en cuestión es el Bundibugyo, una cepa del ébola, y ya cruzó fronteras: se confirmaron contagios en la vecina Uganda, lo que eleva la preocupación regional.
El escenario en Bunia muestra el esfuerzo pero también sus límites: la capacidad de tratamiento llegó a cerca de 800 camas y la capacidad de laboratorio pasó de 1 a 14 unidades. Aun así, no alcanza. A eso se suma una tormenta de factores que complican todo: problemas de financiación, ataques a centros de salud, desconfianza de las comunidades locales y, como si fuera poco, trabajadores de un centro de tratamiento que se declararon en huelga por conflicto salarial. Una crisis dentro de la crisis.
Las autoridades congoleñas declararon formalmente el brote el 15 de mayo, semanas después de que el virus ya circulara sin ser detectado. Recién la semana pasada arrancaron los ensayos clínicos de tratamiento, con investigadores que buscan a contrarreloj una respuesta terapéutica efectiva. El tiempo, por ahora, juega en contra.