Hace no tanto tiempo, el debate en Concordia era cómo sumar más plazas hoteleras para absorber una demanda que reventaba la capacidad instalada. Hoy, la pregunta es otra, y duele más: cómo hacer para que alguien reserve una habitación.
El diagnóstico lo pone en palabras Aldo Álvarez, referente del sector turístico local, y es tan claro como incómodo. Las reservas para el receso invernal están muy por debajo de los niveles históricos, los hoteles, cabañas y prestadores coinciden en que la demanda no aparece, y la ciudad que supo tener una estrategia de promoción nacional agresiva e inteligente hoy prácticamente ha desaparecido del mapa turístico argentino.
El análisis no se queda en echarle la culpa a la economía nacional ni a la competencia de Uruguay, aunque esos factores existen y pesan. El problema tiene también raíces propias, locales, institucionales. Y eso es lo que más incomoda.
Hubo una época en que Concordia hacía promociones cruzadas con Buenos Aires, Villa Carlos Paz, Mar del Plata y Rosario. Recibía periodistas especializados, influencers y programas de televisión de alcance nacional como Marley con Por el Mundo o Agustín Neglia con Modo Selfie. Había cartelería de la marca Concordia en la Ruta Nacional 14 y en rutas provinciales estratégicas. Todo eso hoy es recuerdo.
Las acciones promocionales que quedan son aisladas, sin reciprocidad con otros destinos y sin una estrategia sostenida. A eso se suma el deterioro visible del Centro de Información Turística, que debería ser la puerta de entrada a la ciudad y hoy muestra un estado incompatible con cualquier política turística seria.
Pero quizás el dato institucional más revelador es la degradación de rango: la Secretaría de Turismo pasó a ser Subsecretaría, perdió autonomía presupuestaria y quedó subordinada a una órbita ajena a la materia. En turismo, como en cualquier actividad que depende de la velocidad de respuesta y la planificación, eso no es un detalle administrativo: es una señal de prioridades.
El EMCONTUR, que nació para integrar al sector público y privado bajo una visión común, hoy muestra falta de participación y articulación real. El Bureau hace sus acciones por un lado, los complejos termales por otro, los prestadores por el suyo. No hay hoja de ruta compartida. Espacios centrales como la Costanera y el Parque San Carlos funcionan como compartimentos estancos, sin integración entre sí ni con el resto de la oferta.
En ese contexto, hay una herramienta que podría cambiar el juego si se la aprovecha: el Aeropuerto Comodoro Pierrestegui, recientemente habilitado para operaciones comerciales, representa una oportunidad concreta para conectar a Concordia con mercados que hoy son inaccesibles por tierra. La pregunta es si habrá una estrategia real para capitalizarlo, o si también quedará como una infraestructura sin política detrás.
El turismo de Concordia tiene recursos genuinos, historia y potencial. Lo que parece faltar, por ahora, es la decisión política y la coordinación institucional para volver a ponerlos en valor.