“Es mi hijo y no sé qué hacer”. La frase de un padre desesperado resume el drama que vive una familia entrerriana: conseguir una vivienda digna para que su hijo de 24 años pueda acceder a la lista de espera para un trasplante de corazón.
Iván Galarraga padece una cardiopatía congénita que le complica cada día de su vida. Pero el sistema de salud le pone una condición que parece imposible: tener una casa en condiciones para poder ingresar a la lista de espera del trasplante que necesita para seguir viviendo.
La situación pone en evidencia una de las contradicciones más crueles del sistema: ¿cómo puede una familia conseguir una vivienda adecuada cuando todos sus recursos están destinados a los tratamientos médicos? El joven necesita el trasplante, pero sin casa no puede acceder a él. Un círculo vicioso que puede costarle la vida.
El padre de Iván no esconde su angustia. “Es mi hijo y no sé qué hacer”, repite como un mantra que refleja la impotencia de miles de familias que se enfrentan a requisitos burocráticos mientras la vida de sus seres queridos pende de un hilo.
La cardiopatía congénita de Iván no espera. Cada día que pasa sin el trasplante es un día menos en su cuenta regresiva. Mientras tanto, la familia busca solidaridad y ayuda para conseguir esa vivienda que se ha convertido en la llave de acceso a una segunda oportunidad.
El caso expone la necesidad urgente de revisar protocolos que, en lugar de facilitar el acceso a tratamientos vitales, se convierten en obstáculos burocráticos que pueden determinar quién vive y quién no. Para Iván, conseguir una casa no es solo mejorar su calidad de vida: es la diferencia entre tener esperanza y quedarse sin opciones.