“Tenés que creer todo, es un hijo de puta”. Las palabras de una madre destrozan cualquier intento de minimizar lo que vivieron diez menores en manos de Marcelo Porcel, el empresario que se ganó la confianza de las familias del Colegio Palermo Chico para después convertirse en su peor pesadilla.
El relato que dio esta mujer, protegida por las sombras para preservar su identidad, desnuda una metodología perversa que funcionó durante años. Porcel era el padre perfecto: organizaba cenas, salidas al teatro, encuentros de fútbol. “Era el nexo de todo el grupo”, recordó la madre. Todos iban a su casa, “era como el club”.
Pero detrás de esa fachada de anfitrión generoso se escondía algo siniestro. Los primeros indicios llegaron cuando otro padre le advirtió sobre “cosas raras”: alcohol para menores y masajes que generaban incomodidad. Cuando la mujer confrontó a su hijo mayor, la verdad explotó: “Todo eso es verdad. Estaba siempre Marcelo y nos daba”.
La mecánica era siempre la misma: alcohol y dinero a cambio de desafíos humillantes. Correr semidesnudos alrededor de una mesa mientras Porcel los filmaba y les entregaba figuritas del Mundial o billetes de mil pesos. “Nos matábamos de risa porque ya estábamos un poco tomados”, confesó el adolescente, sin dimensionar entonces la gravedad de lo que estaba viviendo.
El episodio más escalofriante ocurrió durante un viaje familiar a Italia. Ahí, según el testimonio, Porcel se acercó al hijo mayor de la denunciante y le susurró: “Vos que querés tener éxito en la vida, vos te tenés que dejar tocar por un millonario”. La frase resume la perversión de un hombre que usaba su posición económica para someter a menores indefensos.
En una habitación de hotel, con sus propios hijos presentes y su esposa en el cuarto contiguo, Porcel puso en práctica su metodología. “Empezó a masajearle la pierna y subir hacia la zona de los genitales”, relató la madre con la voz quebrada. El menor, paralizado por la confusión y el miedo, no sabía cómo reaccionar ante la situación.
El horror se repitió con el hijo menor de la mujer, de apenas 11 años. Después de un partido de fútbol, Porcel ingresó a la habitación donde el niño se recuperaba de un raspón. Con la excusa de aliviarlo, le practicó un masaje que derivó en un manoseo prolongado. “No sabe cómo apareció en la habitación, como dos horas más tarde”, recordó la madre.
Lo más perturbador es cómo este depredador construyó su red de impunidad. Se integró al círculo social, ganó confianza, se volvió indispensable. Mientras las familias lo veían como el padre ejemplar que organizaba todo, él tejía una trama de manipulación y abuso que involucró a diez menores.
El caso de Porcel desnuda algo que va más allá del horror individual: la facilidad con que los depredadores se camuflan en espacios de confianza. Colegios privados, círculos sociales acomodados, familias que bajan la guardia porque “es uno de nosotros”. La justicia ahora deberá desentrañar cada detalle de esta pesadilla que duró años y marcó para siempre a estos chicos.