El Mundial trajo algo de movimiento a las vidrieras de Paraná, pero no alcanzó para tapar el agujero. Esa es, en pocas palabras, la lectura que hace el sector comercial de la capital entrerriana sobre el impacto del torneo en la economía local.
Desde el Centro Comercial de Paraná reconocieron que el evento generó un incremento en las ventas de algunos productos específicos, principalmente los vinculados al consumo mundialista. Sin embargo, fueron claros en marcar los límites de ese entusiasmo: se trató de un “comportamiento puntual y sectorial”, no de una señal de recuperación genuina de la actividad comercial.
El dato más duro lo ponen los propios comerciantes: alrededor de 120 negocios ya cerraron sus puertas en el microcentro y sus alrededores. No es un número menor. Es la huella visible de una crisis que lleva meses acumulándose y que ningún partido de fútbol, por más euforia que genere, puede revertir de un día para el otro.
La dinámica es conocida: cuando hay un evento de consumo masivo, algunos rubros —indumentaria deportiva, electrónica, gastronomía, bebidas— capturan una demanda que en otro contexto no existiría o se postergaría. Pero ese pico no derrama sobre el resto de la cadena comercial ni sostiene el empleo ni mejora la ecuación de costos que asfixia a los pequeños y medianos negocios.
La pregunta que queda flotando en el microcentro paranaense es cuántos de esos 120 locales vacíos van a volver a abrir. La respuesta, por ahora, la tiene el contexto económico general, que no muestra señales de cambio estructural para el comercio minorista. El Mundial pasó; la crisis, todavía no.