Las fábricas argentinas trabajan con más de un tercio de su potencial apagado. La utilización de la capacidad instalada de la industria manufacturera se ubicó en el 58,4% durante mayo, según los datos del Indec, y el número no solo es bajo: retrocedió respecto al mismo mes de 2025.
El dato es una radiografía cruda del estado productivo del país. Que casi 4 de cada 10 máquinas estén paradas —o trabajando a media marcha— no es una curiosidad estadística: es capacidad ociosa, es empleo que no se genera, es exportación que no ocurre.
Los sectores más golpeados son los que más duelen en la cadena industrial: metalmecánica, automotriz y textiles registraron las caídas más pronunciadas. Tres ramas que concentran mano de obra calificada, proveedores locales y efecto derrame sobre otras actividades. Cuando caen juntas, el impacto no se suma: se multiplica.
¿Qué explica este piso tan bajo? La combinación de consumo interno deprimido, crédito todavía caro para las pymes y una demanda externa que no alcanza a compensar lo que el mercado doméstico no absorbe. La metalmecánica, en particular, es un termómetro directo de la inversión: si las empresas no invierten en equipamiento, esa rama se enfría primero.
El sector textil, por su parte, acumula meses de presión por la competencia de productos importados que ingresan a precios que la producción local no puede igualar. Las fábricas de ropa e hilados no compiten solo contra el mercado: compiten contra una política de apertura que, según los industriales del rubro, no tiene red de contención.
El número del 58,4% pone a la industria manufacturera en uno de sus registros más bajos en lo que va del año y reaviva el debate sobre si el modelo de ajuste fiscal tiene o no un costo productivo real y medible. Los datos del Indec no toman partido, pero hablan solos.