El sector arrocero entrerriano llegó a un punto de quiebre. Costos de producción por las nubes, precios del cereal en caída libre y una perspectiva que preocupa: menos hectáreas sembradas para la próxima campaña. No es una crisis silenciosa ni menor, es una alarma que suena fuerte en una actividad que sostiene economías locales enteras en la provincia.
César Villón fue uno de los que alzó la voz para advertir sobre el impacto que tendría la reducción del área sembrada, no solo en términos productivos sino también en el plano social. Cuando bajan las hectáreas, bajan los puestos de trabajo, se retraen las economías regionales y los pueblos que viven del arroz sienten el golpe directo en el bolsillo.
El problema no es nuevo, pero se agudizó. La ecuación que deben resolver los productores arroceros es cada vez más difícil: los insumos no bajan, la mano de obra tiene su costo, y el precio al que se vende el grano no alcanza para cubrir lo que cuesta producirlo. En ese contexto, la decisión de sembrar menos no es una elección, es una necesidad de supervivencia económica.
El reclamo del sector apunta directamente al financiamiento. Sin acceso a crédito en condiciones razonables, muchos productores no pueden afrontar la campaña y optan por reducir superficie o directamente no sembrar. Es el círculo vicioso de una actividad que necesita inversión inicial fuerte antes de ver cualquier retorno.
Entre Ríos es una de las provincias con mayor tradición arrocera del país. La actividad tiene peso real en el norte y el centro provincial, donde localidades enteras articulan su economía alrededor de los molinos y los campos inundados. Una caída sostenida del área sembrada no es solo un dato estadístico: es menos trabajo, menos movimiento comercial, menos futuro para esas comunidades.
El desafío para el gobierno provincial y para el sector privado es encontrar una salida antes de que la campaña siguiente confirme lo que hoy es una advertencia. El tiempo, en el agro, siempre corre más rápido de lo que parece.