No hubo cámara oculta. No hubo foto robada. Hubo un algoritmo, una carpeta digital con nombres y un precio. Eso fue suficiente para destruir la privacidad de decenas de chicas.
Según las investigaciones en curso, un grupo de alumnos del Colegio Nacional de Buenos Aires y del Carlos Pellegrini utilizó herramientas de inteligencia artificial para generar imágenes falsas de sus compañeras desnudas y luego comercializarlas entre otros estudiantes. Las víctimas son reales. Los desnudos, no. La vejación, absolutamente sí.
Lo que hace a este caso especialmente perturbador no es solo la tecnología involucrada, sino la frialdad con que fue ejecutado. “Ustedes nos pueden delatar, pero no vamos a parar de desnudarlas y venderlas”, se escribió en los bancos de las aulas y se difundió. No es el balbuceo de un adolescente asustado: es un manifiesto. Presupone impunidad. Anuncia continuidad. Y convierte la vejación en programa comercial.
Proxenetas de fantasmas. Así de preciso es el término. Vendían un cuerpo que no existía, pero le sustraían a cada una de esas alumnas algo absolutamente real: el derecho a la privacidad de su propio cuerpo. Cada chica descubrió su nombre en una carpeta digital junto a un precio. El cuerpo que nunca mostraron circulaba tasado.
La paradoja es feroz: la imagen algorítmica no copia ningún original y sin embargo lastima como lo real. Es una mentira que no necesita ser creída; alcanza con que sea consumida. El espectro no existe, pero la chica que camina al día siguiente por el pasillo del colegio, sabiéndose “desnudada” por una máquina y valuada por sus compañeros, existe absolutamente. Fue vejada realmente porque fue ultrajada virtualmente.
Hay algo más inquietante todavía: la ausencia total de registro moral. La distinción entre el bien y el mal ni siquiera comparece en este esquema. El único criterio de validación que manejan es la circulación viral. Si se comparte, existe. Si se vende, vale. El mercado opera como coartada total: no era maldad, era negocio. Esa lógica, absorbida sin ninguna mediación ética, es quizás el dato más alarmante de todo el asunto.
Y ocurrió en el corazón del dispositivo educativo más emblemático del país. La práctica, además, estaría mucho más extendida de lo que trascendió hasta ahora, según las investigaciones en curso. No es un problema de dos colegios de Buenos Aires: es una señal de alarma para cada escuela, cada familia y cada sistema de convivencia que todavía crea que la ética digital puede esperar.