Hay algo perturbador y fascinante al mismo tiempo en ver emerger lo que el agua sepultó hace décadas. En Federación, la bajante del lago de Salto Grande volvió a hacer visible lo que muchos creían definitivamente hundido: calles, cimientos y restos de construcciones de la antigua ciudad que fue inundada cuando se levantó la represa sobre el río Uruguay.
El descenso del nivel del embalse no fue casual ni producto de una sequía extrema. Se trata de una maniobra preventiva dispuesta ante el aumento del caudal del río Uruguay, una decisión técnica que, como efecto secundario, le devuelve a la superficie fragmentos de una historia que muchos federaenses llevan tatuada en la memoria.
La imagen de esas calles reapareciendo entre el barro y el agua baja tiene una carga simbólica difícil de ignorar. La vieja Federación fue trasladada en la década del setenta para dar paso al embalse de la represa binacional argentino-uruguaya. Familias enteras tuvieron que dejar sus casas, sus negocios, sus cementerios. Lo que quedó bajo el agua no fue solo infraestructura: fue una comunidad entera, con su trama urbana y su memoria colectiva.
Cada vez que el lago baja lo suficiente, ese pasado reaparece. Y cada vez que reaparece, la escena convoca a vecinos, curiosos y turistas que se acercan a ver con sus propios ojos lo que las fotos en blanco y negro de los archivos familiares apenas alcanzan a mostrar. Es un fenómeno que se repite con cierta periodicidad, pero que nunca pierde su capacidad de impacto.
La gestión del embalse de Salto Grande está a cargo de la Comisión Técnica Mixta, el organismo binacional que administra la represa y que toma decisiones operativas en función del comportamiento hidrológico de la cuenca. Las maniobras preventivas ante crecidas son parte del protocolo habitual, aunque sus consecuencias visibles a veces superen lo meramente técnico.
Por ahora, la bajante mantiene al descubierto esos vestigios de la ciudad perdida. Cuando el caudal del Uruguay se estabilice y el embalse recupere su nivel habitual, las calles y los muros volverán a quedar sumergidos, a la espera de la próxima vez que el lago decida, o sea obligado, a mostrar lo que guarda.