La economía argentina crece. El PBI subió 2,3% en el primer trimestre de 2026 respecto al trimestre anterior, y el gobierno de Javier Milei lo festejó a los gritos. Pero hay un problema que los números oficiales no pueden esconder: ese crecimiento no llega a los bolsillos de la mayoría.
El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) mostró un alza del 1,6% interanual en el primer trimestre, impulsada principalmente por las exportaciones. Los sectores que traccionaron fueron la minería y la energía, con un avance del 17,1%. Mientras tanto, la industria cayó 2,9%, el comercio retrocedió 3,2% y la construcción volvió a contraerse un 1,8%. La inversión, además, se derrumbó un 11,6%.
Ahí está el nudo del problema. Los sectores que crecen son intensivos en capital y generan poco empleo: 31.555 nuevos puestos de trabajo en total. Los sectores que caen, en cambio, son los que más mano de obra concentran y los que venden al mercado interno: destruyeron 309.988 empleos en el mismo período. La diferencia es brutal y no admite eufemismos.
El desempleo trepó al 7,8%, contra el 5,7% que registraba cuando Milei asumió. La informalidad laboral alcanzó el 44% en abril. Y el dato sobre empresas es igual de elocuente: los sectores que crecen abrieron apenas 66 nuevas firmas, pero cerraron 21.623. Los bancos y financieras ganaron, sí, pero despidieron 13.250 trabajadores y quedaron 430 entidades menos en el mercado.
¿Cómo se explica eso? Los sectores ganadores del modelo, como la minería, el agro y las finanzas, concentran la renta en quienes aportan capital. No la distribuyen, no la irradian. Son enclaves de prosperidad en un mapa de contracción. El ministro Luis Caputo celebra el superávit fiscal y habla de un «proceso virtuoso» para los próximos 18 meses. Pero el superávit se construyó, entre otras cosas, sobre recortes en jubilaciones, salud, educación y transferencias a las provincias.
El crecimiento del PBI es un dato real. El problema es lo que ese dato no dice: que una economía puede expandirse y, al mismo tiempo, expulsar trabajadores, cerrar empresas y concentrar la riqueza en una franja cada vez más angosta de la sociedad. Esa es la contradicción de fondo del modelo actual, y los números del primer trimestre la ponen en blanco sobre negro.