Quería saber cómo hacer un plazo fijo. Terminó sin sus ahorros, con un préstamo que nunca pidió y con el saldo de su cuenta vaciado. Una jubilada entrerriana se convirtió en el ejemplo más crudo de lo que pasa cuando la banca digital no protege a sus clientes más vulnerables.
La mujer realizó una consulta sobre plazos fijos a través de Facebook y creyó, de buena fe, que del otro lado de la pantalla había empleados del banco. No había ninguno. Eran estafadores que la guiaron paso a paso por teléfono y WhatsApp, con la paciencia y el detalle que solo tienen quienes hacen de esto un oficio.
El resultado fue devastador: los delincuentes gestionaron un préstamo a su nombre, tramitaron un adelanto de haberes y ejecutaron transferencias hacia cuentas desconocidas. Todo mientras ella creía estar resolviendo un trámite bancario rutinario. Cuando quiso reaccionar, ya no había nada que hacer desde su lado.
Pero la Justicia sí actuó. El fallo fue contundente: anuló todas las operaciones fraudulentas y le aplicó al banco una multa de cinco millones de pesos. La entidad financiera deberá indemnizar a la jubilada. El argumento central del tribunal apuntó directo a la responsabilidad institucional: si el banco permite que su nombre e imagen circulen en redes sociales sin control, y un cliente cae en una trampa armada con esas herramientas, la responsabilidad no es solo del estafador.
El caso abre una pregunta que incomoda a todo el sistema financiero: ¿quién cuida a los usuarios mayores cuando la banca migra masivamente hacia canales digitales que ellos apenas conocen? Las entidades promocionan la digitalización como un beneficio, pero rara vez invierten lo suficiente en educar y proteger a los segmentos más expuestos.
Las estafas virtuales a través de perfiles falsos en redes sociales crecieron de manera sostenida en los últimos años en toda la provincia. Paraná, Concordia y Gualeguaychú concentran la mayor cantidad de denuncias, aunque el fenómeno se repite en cada ciudad con sucursal bancaria y adultos mayores con teléfono inteligente. La receta del fraude es siempre la misma: confianza, urgencia y un paso a paso que la víctima sigue sin sospechar nada.
El fallo judicial marca un precedente importante. Los bancos no pueden lavarse las manos cuando sus clientes son estafados usando su propio nombre como anzuelo. La indemnización a esta jubilada no le devuelve el susto ni las semanas de angustia, pero al menos establece que alguien tiene que hacerse cargo.