Las manos en los escombros, el polvo en la garganta y la esperanza como única herramienta. Mariano Gastiazoro, rescatista paranaense integrante de la Asociación Internacional de Topos, está en el epicentro del drama que vive Venezuela tras los terremotos que sacudieron al país en los últimos días.
“Seguimos buscando personas con vida“, fue la frase que Gastiazoro transmitió desde la zona más golpeada por los sismos. Una declaración que, dicha desde adentro de los escombros, pesa diferente. No es optimismo de micrófono: es el código de trabajo de quienes eligen meterse donde nadie más entra.
La imagen que describió el paranaense es tan dura como elocuente: “muchos acampan al lado de las estructuras esperando que encuentren a sus familiares”. Gente que no se va, que duerme en el barro junto a lo que fue su casa, esperando que alguien como Gastiazoro aparezca con una señal de vida entre las ruinas. Esa espera tiene un nombre: desesperación con fe.
Los Topos son una organización civil especializada en rescate urbano en situaciones de colapso estructural. Nacieron en México tras el terremoto de 1985 y desde entonces operan en catástrofes de todo el mundo. Que un entrerriano forme parte de ese grupo no es un dato menor: habla de una vocación que va mucho más allá del límite provincial o nacional.
¿Cuántos argentinos saben que hay un vecino de Paraná durmiendo en una carpa venezolana, removiendo hormigón con las manos, mientras acá se discute cualquier otra cosa? La pregunta no es retórica: es una invitación a poner en perspectiva lo que importa.
Las tareas de rescate en Venezuela continúan en medio de condiciones climáticas adversas y con infraestructura local seriamente comprometida por los sismos. Los equipos internacionales como el que integra Gastiazoro trabajan en coordinación con autoridades locales, aunque la magnitud del desastre supera ampliamente la capacidad de respuesta inmediata. Cada hora que pasa reduce las chances de encontrar sobrevivientes, y aun así, los Topos siguen cavando.