¿Dar clases en un kiosco escolar? En la escuela Artigas de Concordia ya no sorprende a nadie. Hace dos meses que la comunidad educativa libra una batalla contra las filtraciones, paredes electrificadas y un edificio que parece desmoronarse con cada lluvia.
Todo empezó con una tormenta fuerte en abril. El agua se metió por las cañerías donde corre el cableado eléctrico y dejó a los chicos atrapados en aulas electrificadas. Las canaletas rotas no ayudan: en lugar de dirigir el agua hacia los desagües, provocan filtraciones que dañan paredes y cimientos.
La respuesta de padres, docentes y AGMER Concordia no se hizo esperar. Primero fueron las reuniones, después la protesta en la puerta de la Dirección Departamental de Escuelas, y hasta organizaron una clase pública para visibilizar el reclamo. El responsable departamental tuvo que ir hasta la escuela para ver el desastre con sus propios ojos.
Pero acá viene lo que más duele: nunca dejaron de dar clases. Primero arrancaron con modalidad virtual por las aulas inhabitables. Después decidieron reconvertir espacios: el kiosco dividido para un curso con pocos alumnos, el SUM, y hasta la biblioteca convertida en aula. Cada vez que alguien entra a buscar un libro, se interrumpe la clase. Una postal que duele.
La Dirección de Arquitectura provincial prometió que en 20 días arrancan las obras. Hay presupuesto aprobado, dicen. La prioridad que reclama la escuela es clara: primero las losas del techo, después la instalación eléctrica. Si en tres semanas no ven movimiento, ya avisaron que van a evaluar otras medidas de protesta.
El panorama en Concordia no es alentador. La escuela N° 55 “Justo José de Urquiza” no puede dar clases los días de lluvia por las filtraciones, ni al día siguiente por la humedad acumulada. La secundaria N°32 Osvaldo Magnasco tiene problemas similares. En la secundaria N° 10 República de Entre Ríos faltan ordenanzas básicas.
El gobierno provincial dice que está haciendo relevamientos del estado de las escuelas. Pero los reclamos vienen de meses, algunos de años. La pregunta que flota en el aire de Concordia es simple: ¿de qué sirven los relevamientos si después no se hace nada? Los chicos de la Artigas seguirán dando clases donde puedan, esperando que las promesas no se diluyan como el agua que se filtra por sus techos.