¿Qué pasa cuando una empresa histórica como Fadea pierde a su hombre clave justo en el peor momento? La respuesta la están viviendo en carne propia los trabajadores de la fábrica de aviones, que ven cómo se desmorona todo después de la salida de Guillermo Ballesteros, el ejecutivo que mantenía el hilo directo con el Ministerio de Defensa.
La crisis no es nueva, pero ahora tiene un sabor más amargo. Sin Ballesteros en el medio, la empresa quedó sin su principal nexo político y los contratos brillan por su ausencia. Los gremios no se cansan de repetirlo: “No hay trabajo, no hay proyección, no hay nada”. Y cuando una fábrica aeronáutica no tiene contratos, el fantasma del cierre empieza a rondar los pasillos.
El problema de fondo es que Fadea necesita decisiones políticas para sobrevivir. No es una empresa cualquiera que se maneja con las reglas del mercado: produce aviones para el Estado, depende de licitaciones oficiales y vive de proyectos que se aprueban en despachos ministeriales. Sin esa conexión, la fábrica se convierte en un elefante blanco carísimo de mantener.
Los trabajadores miran el horizonte con preocupación y algo de bronca. Saben que tienen el conocimiento y la experiencia para hacer aviones de calidad, pero también saben que eso no alcanza si no hay voluntad política para sostener la industria aeronáutica nacional. La pregunta que se hacen es simple y dolorosa: ¿vale la pena mantener una fábrica de aviones si no hay aviones que fabricar?
La situación de Fadea refleja un dilema más grande sobre el rol del Estado en la industria estratégica. Cerrar la fábrica sería admitir que Argentina renuncia a tener capacidad aeronáutica propia. Mantenerla sin proyectos claros es tirar plata en un pozo sin fondo. Entre esas dos opciones, los trabajadores esperan que alguien encuentre una tercera vía antes de que sea demasiado tarde.