La sentencia cayó como un martillo sobre el banquillo de los acusados. Seis años de prisión efectiva para el entrenador de fútbol que durante meses aprovechó su posición de poder para abusar de una adolescente en Tartagal.
El hombre de 56 años escuchó impasible mientras los jueces leían el veredicto que lo encontraba culpable de abuso sexual agravado. La Justicia no tuvo dudas: había utilizado su rol como formador y educador para cometer los hechos aberrantes contra la menor que asistía al club donde él se desempeñaba como técnico.
¿Cuántas veces habrá repetido la frase “confía en mí” este depredador con guardapolvo deportivo? La investigación reveló que el acusado se valió de la relación de autoridad y confianza que tenía con la víctima para perpetrar los abusos. Un patrón que se repite con escalofriante frecuencia en estos casos.
El tribunal consideró acreditado el delito tras evaluar las pruebas presentadas durante el juicio. La menor, que había depositado su confianza en quien debía ser su guía deportivo, se convirtió en víctima de quien tenía la obligación de protegerla y formarla como persona.
La condena a prisión efectiva significa que no habrá beneficios ni medidas alternativas para este depredador. Deberá cumplir los seis años tras las rejas, una sentencia que busca hacer justicia pero que jamás podrá borrar el daño causado a la víctima.
Este fallo vuelve a poner sobre la mesa la necesidad de protocolos más estrictos en instituciones deportivas y educativas. Porque cuando un entrenador traiciona la confianza depositada en él, no solo destruye la vida de una menor: también mancha para siempre el deporte que decía representar.