¿Qué celebramos realmente en la Fiesta Nacional del Surubí? Los números de este año son devastadores: 4.200 pescadores inscriptos capturaron apenas un centenar de peces, una cifra que expone el agotamiento terminal del ecosistema ictícola del río Paraná.
La ironía es brutal. Mientras se habla de “amor por la naturaleza”, la realidad muestra un panorama desolador: la gran mayoría de los pocos surubíes capturados ya no dan la talla reglamentaria. Se supone que los pescadores “responsables” los devuelven al agua, pero la verdad incómoda es que la mayoría no sobrevive al estrés y los daños provocados por los instrumentos de pesca.
Pero hay algo que importa más que los peces: la plata. Cada inscripción costó $700.000 al contado, lo que significa que los organizadores recaudaron $2.940 millones solo en inscripciones. A eso sumale gastos en comidas, alojamiento, combustible, equipos de pesca y traslados. El negocio redondo mientras la naturaleza se desangra.
En este momento de la civilización, los líderes globales proclaman que la ecología es cosa de “individuos con problemas” y que la naturaleza está ahí para explotarla hasta el último recurso. Total, alcanza para todos y para siempre, ¿no?
La pregunta incómoda es: ¿qué va a pasar cuando no quede nada que pescar? Cuando el río Paraná sea solo un recuerdo de lo que fue, cuando las próximas generaciones nos pregunten qué hicimos con su patrimonio natural. Pero como cantaba Virgilio Espósito: “¡Qué importa del después!”
La Fiesta Nacional del Surubí se ha convertido en una celebración del doble discurso: hablamos de tradición y respeto mientras consumimos en una generación lo que queda de vida en nuestros ríos. Una joda millonaria que esconde una tragedia ambiental.
Con informacion de: Diario Junio.