La frase no tiene vuelta atrás: “Vemos que los negocios tienen fecha de vencimiento”. La dijo Mario Sarli, un almacenero con historia en Paraná, y resume con brutalidad lo que muchos comerciantes de barrio sienten pero no siempre se animan a decir en voz alta.
El balance que traza Sarli es duro. El precio de los alimentos sigue siendo el principal dolor de cabeza: cuando la góndola sube y el bolsillo no acompaña, el primer recorte lo hace el consumidor en el almacén de la esquina. La pérdida del poder adquisitivo no es un dato abstracto de economistas; es la diferencia entre vender bien una semana y no llegar al alquiler del local la siguiente.
Pero hay otro factor que Sarli señala con claridad: la competencia de las grandes cadenas. Los supermercados e hipermercados tienen una capacidad de absorber costos y ofrecer precios que el comercio de cercanía simplemente no puede igualar. No es una pelea de igual a igual. Es una pelea donde uno de los contendientes llega con escudo y el otro, con lo puesto.
El comercio de proximidad cumple un rol que va más allá de vender fideos o aceite. Es el lugar donde te fían cuando no llegás a fin de mes, donde conocen tu nombre, donde el barrio tiene una economía propia que circula. Cuando esos negocios cierran, no solo desaparece un local: se rompe un tejido social que cuesta mucho reconstruir.
La situación que describe Sarli no es exclusiva de Paraná, pero en una ciudad donde el comercio minorista es una fuente de empleo significativa, cada cierre tiene nombre y apellido. Los bajos ingresos de los consumidores y la concentración del mercado en pocas cadenas grandes configuran un escenario que, si no cambia, seguirá expulsando a los pequeños comerciantes del mapa.