El número ya es difícil de ignorar: 81% de probabilidad de que el fenómeno El Niño alcance una intensidad catalogada como “muy fuerte” entre octubre y diciembre de este año. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) elevó esa estimación y encendió las alarmas en toda la región.
Para Argentina, la señal no es menor. Un Niño de esa magnitud tiene historial conocido: lluvias extremas, inundaciones en zonas bajas y crecidas pronunciadas de los ríos durante la primavera y el verano. En una provincia como Entre Ríos, rodeada de agua y con llanuras que no perdonan los excesos hídricos, ese escenario merece atención desde ahora, no cuando el agua ya esté en los patios.
El fenómeno El Niño implica un calentamiento inusual de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial, lo que altera los patrones de lluvia y temperatura en gran parte del planeta. En el Cono Sur, su versión intensa históricamente se tradujo en temporadas de lluvias muy por encima de lo normal, con consecuencias directas sobre la agricultura, la infraestructura vial y las poblaciones ribereñas.
La pregunta que empieza a circular entre técnicos y gestores de riesgo es si los sistemas de alerta temprana y los planes de contingencia están a la altura de lo que podría venir. Las inundaciones de 2015 y 2016, vinculadas también a un Niño intenso, dejaron lecciones duras en varias provincias del litoral: evacuados, pérdidas productivas millonarias y una infraestructura que tardó años en recuperarse.
Con meses de anticipación, la ventana para prepararse existe. Lo que resta saber es si las autoridades provinciales y municipales van a aprovecharla o si, una vez más, la emergencia los va a encontrar improvisando. La primavera arranca en menos de tres meses y el reloj no espera.