Tenía una restricción perimetral. Sabía que no podía acercarse. Y aun así, según la investigación, fue hasta la casa de su expareja y le prendió fuego. El resultado: una joven muerta, atrapada entre las llamas en una vivienda que no era la suya, en una noche que no tenía por qué terminar así.
El hecho ocurrió en Corrientes y sacudió a la comunidad con una brutalidad que, lamentablemente, ya no sorprende a quienes siguen de cerca los casos de violencia de género en el país. El acusado acumulaba antecedentes previos de violencia contra su expareja, lo que había motivado la orden judicial que le prohibía acercarse. Esa restricción, como tantas otras, no alcanzó para evitar la tragedia.
La víctima fatal era amiga de la hija de la mujer. Había pasado la noche en esa casa después de ver el partido de la Selección argentina, una de esas noches de festejo colectivo que terminó convertida en pesadilla. No era el blanco de nadie. Estaba en el lugar equivocado, en el momento en que un hombre decidió que su furia valía más que la vida de otros.
El caso vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que la sociedad argentina se hace cada vez con más urgencia: ¿qué pasa cuando las medidas de protección no protegen? Las restricciones perimetrales son una herramienta legal válida, pero su eficacia depende de controles reales, seguimiento del agresor y respuesta rápida del sistema. Cuando esa cadena falla, las consecuencias las pagan las víctimas, y a veces también personas que ni siquiera estaban en el centro del conflicto.
Las autoridades de Corrientes investigan el hecho como femicidio con homicidio en contexto de violencia de género. El acusado quedó detenido. La joven que murió esa noche tenía toda una vida por delante.