lunes , 15 junio 2026
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El drama que no se ve: cuando el sueldo docente y la jubilación no alcanzan

El drama que no se ve: cuando el sueldo docente y la jubilación no alcanzan
Maestras y jubilados de Entre Ríos buscan en las ferias lo que el Estado no les da: un ingreso digno para llegar a fin de mes.

¿Qué hace una maestra de escuela primaria vendiendo cartucheras en una feria? ¿Por qué una jubilada con 27 años de experiencia tiene que pararse bajo el frío a vender dulces caseros? Las historias detrás de la feria de Plaza 25 de Mayo revelan una realidad que duele: cuando ni el sueldo ni la jubilación alcanzan.

Iris Camors trabaja en la escuela primaria N° 69 “Malvinas Argentinas” de La Bianca, pero desde 2021 sus tardes y fines de semana los pasa cosiendo. “Sin querer comencé en la pandemia cosiendo barbijos”, cuenta, pero la necesidad la llevó a crear “Creaciones Iris”: mochilas, necesers, ajuares para bebés. Sus cartucheras van desde $4.000 hasta $30.000, dependiendo del material y la complejidad.

“En esta última etapa estamos todos iguales; está todo quedado, quieto”, admite la docente con una sinceridad que corta. Con dos hijos menores a cargo, sus confecciones le permiten “amortiguar las necesidades que tiene la familia que van desde un calzado hasta la comida”. Así de simple y así de crudo: una maestra necesita un segundo trabajo para que sus hijos coman.

La historia de Sirley es aún más desgarradora. Jubilada con la mínima de $470.000 mensuales, lleva 27 años vendiendo dulces caseros en las ferias. “Productos Doña Sirley” es su línea: frutas en almíbar, miel, licores, mermeladas que van de $4.000 a $8.000. “Con esto costeé muchas cosas: una parte del estudio de mi hijo”, dice con orgullo y resignación a la vez.

La gente ahora prioriza las cosas que son más necesarias“, explica Sirley mientras reconoce que “las ventas bajaron mucho”. El frío no la asusta – “ya estamos muy curtidas” – pero la realidad económica sí. Una jubilada de 27 años de experiencia no debería estar expuesta al clima vendiendo dulces para completar una jubilación miserable.

Roque Alfredo Gómez completa el cuadro con sus canastos de lonjas de madera. “Está medio tranqui la cosa”, dice después de 25 años concurriendo a la plaza. Corta, desarma y cepilla sauce con sus propias manos, en un trabajo artesanal que requiere técnica y paciencia. Cuando hace frío, “la gente no sale mucho”, y las ventas se resienten.

Estas no son historias de emprendedurismo exitoso ni de “cultura del trabajo”. Son testimonios de un Estado que abandona a quienes más necesita: docentes que forman el futuro y jubilados que construyeron el presente. Cuando una maestra tiene que coser hasta altas horas y una jubilada debe madrugar para hacer dulces, algo está profundamente mal en el sistema.

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