La citricultura entrerriana atraviesa una crisis devastadora que está obligando a los productores a tomar decisiones extremas para no quebrar. José Flurin, referente del sector, puso en palabras lo que muchos prefieren callar: hay productores vendiendo tractores y propiedades para poder seguir apostando a una actividad que los está ahogando.
“Hay casos concretos de gente que ha vendido propiedades, algún tractor o parte de lo que tenía para sostenerse y seguir apostando”, reveló Flurin con la crudeza de quien conoce el sector desde adentro. La frase suena a epitafio de una industria que fue motor de la economía provincial y hoy agoniza sin que nadie parezca encontrar la fórmula para reanimarla.
Los números que maneja el productor son demoledores: el valor de venta del producto está 35% por debajo de los costos de producción. Es decir, cada kilo de fruta que sale del campo representa una pérdida directa para quien la cultivó. ¿Cómo se sostiene una actividad en esas condiciones? La respuesta está en los remates de maquinaria que se multiplican por la provincia.
“Las fábricas no están pudiendo posicionar el jugo. Vienen lentas las ventas y por ende los pagos se han atrasado“, explicó Flurin, describiendo un círculo vicioso que no encuentra salida. Las industrias procesadoras, eslabón clave de la cadena, tampoco pueden escapar a una crisis que abarca toda la estructura productiva.
La situación en Entre Ríos refleja un problema que excede las fronteras provinciales, pero que aquí se vive con particular intensidad. Los productores que durante décadas fueron columna vertebral de la economía regional hoy miran cómo se desvanece el patrimonio familiar construido a lo largo de generaciones.
Mientras los funcionarios hablan de planes y estrategias, la realidad del campo entrerriano es que cada día que pasa hay un productor menos. Y cuando se vende el tractor, ya no hay vuelta atrás.