El peronismo entrerriano está partido al medio y la grieta no es casual. De un lado, los que quieren seguir jugando al equilibrio imposible entre oficialismo y oposición. Del otro, los que apuestan todas las fichas a Axel Kicillof como única alternativa real al desquicio libertario.
La vieja guardia que comandan Gustavo Bordet, Adán Bahl, Enrique Cresto y Rosario Romero prefiere el perfil bajo y la unidad de cartón. Esa misma dirigencia que en 2023 se presentó dividida en tres listas y perdió a lo pavote, ahora pretende dar lecciones de cohesión.
¿El método para lograr la falsa unidad? Simple: echar a los díscolos. El Tribunal de Disciplina ya recomendó la expulsión del intendente de Santa Elena, Daniel Rossi, y del abogado Guillermo Reggiardo. También apuntan contra Héctor Maya y Gustavo Guzmán, que encabezaron la Lista 50, y las dirigentes Carolina Gaillard y Verónica Rubattino.
Mientras tanto, el sector que mira hacia La Plata argumenta que Kicillof es el único dirigente peronista que demuestra transparencia, lealtad y coherencia. Además, es el único que gana elecciones en la provincia más poblada del país, un detalle que no parece menor en tiempos donde el peronismo pierde terreno en todo el mapa electoral.
La disputa no es solo de nombres sino de modelo político. Los críticos de la conducción actual recuerdan que Bordet se abrazó al diario La Nación en 2015 para defenestrar a Cristina, y que Bahl debe explicar no solo la causa Contratos sino el acomodo familiar en el Estado durante su gestión como vicegobernador.
En las principales ciudades de la provincia, la situación es igual de tensa. Concordia busca un acuerdo entre los Cresto, Bordet, Giano y la conducción local que lidera Javier Orduna. Paraná, Gualeguaychú y Concepción del Uruguay también tienen sus cuitas en el freezer, esperando definiciones que pueden cambiar el mapa político provincial.
El próximo Congreso Provincial del PJ será el ring donde se defina si el peronismo entrerriano apuesta a renovarse o sigue con la misma receta que lo llevó a perder en 2023. La pregunta que flota en el aire es si los entrerrianos quieren más de lo mismo o están dispuestos a bancar un cambio real.