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González, testimonio vivo de cuando las artes salvan

César González modeló una obra de fuerte arraigo identitario.
César González nació en 1989. Su infancia y juventud, entre ausencias y carencias de todo tipo, la vivió en la, entonces, villa Carlos Gardel, en la localidad de El Palomar, en el Oeste del conurbano, vecina al Hospital Nacional Posadas, donde continúa viviendo. Desde allí rompió el determinismo geográfico, social, familiar y cultural y construyó una obra singular.

La villa Carlos Gardel (hoy Barrio) en la que nació César González formaba parte de un plan de viviendas para eliminar los asentamientos precarios de distintas zonas de Capital Federal y del Gran Buenos Aires. Según cuentan Mariela Rametta y Mariela Canali, profesoras e investigadoras del Instituto y Archivo Histórico de Morón, eran complejos de monoblocks que se construyeron en La Matanza, San Martín y Quilmes, además del mencionado. Se fueron asentando migrantes de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Chaco, Tucumán y de países limítrofes.

Ese programa se vio sometido a los acaecimientos que sucedían en el país. Así en la época de la dictadura, el barrio fue militarizado, se realizaron operativos y militantes de diversas tendencias fueron secuestrados y desaparecidos.  En realidad el programa propendía no solo a la urbanización de la villa sino también a que los residentes sean propietarios. Objetivo que se comenzó a cumplir a fines del 2004, con el Plan federal de Viviendas y el subprograma de Urbanización de Villas de Emergencia y Asentamientos precarios.

González, luego de verse involucrado en hechos delictivos, manejar armas de todo tipo, transitar por reformatorios y convivir con el consumo adictivo de alcohol y drogas por un secuestro extorsivo, a los 16 años, terminó en el Instituto de Menores Luis Agote y luego en la cárcel de alta seguridad de Marcos Paz, recuperando su libertad cinco años después.

En su paso por el Instituto de régimen cerrado Manuel Belgrano, conoció a Patricio Montesano, un mago, amante de la filosofía, del teatro y del cine, que desde hacía años se había involucrado con los humildes, y particularmente con los jóvenes en diferentes contextos de encierro, dictando talleres de magia pero incorporándole temática social y artística, en un encomiable esfuerzo filantrópico, tal vez con el espíritu que tan claramente plantea Susan Sontag en “Contra la interpretación” al decir que “no hay posibilidad de una verdadera cultura, sin altruismo”.

Cruces

Así, González se interesó por filósofos, escritores y cineastas. Descubrió a autores como Gilles Delleuze, Friedrich Nietzche, Rodolfo Walsh, Jorge Luis Borges y Julio Cortázar. En  la cárcel finaliza sus estudios secundarios y se inscribe en el ciclo básico de la UBA, para estudiar filosofía. Comienza a escribir poesía. En un blog utiliza el seudónimo Camilo (por el revolucionario Cienfuegos) Blajaquis (por el activista sindical asesinado y que figura en el libro “¿Quién mató a Rosendo? de Walsh).

“Mi renacimiento fue gracias a la cultura”, ha dicho. Encontró en el cine y la poesía espacios de contención. Y agrega “el arte, salva”. Incentivado por Montesano, creo una biblioteca y la revista cultural ¿Todo piola?. En 2010, al recuperar su libertad realiza el cortometraje “El cuento de la mala pipa”, donde interpreta a un joven adicto y ladrón que termina muerto, situación que le hubiera sucedido al propio González, ya que recibió seis balazos en cuatro meses y medio, pero sobrevivió.

También en el año 2010, publicó su primer libro de poesía, “La venganza del cordero atado”, en obvia referencia al disco Lobo suelto, cordero atado de Los Redonditos de Ricota.

A partir de ese momento consolidó una carrera literaria, con libros de poesía “Crónica de una libertad condicional” y “Retórica al suspiro de queja”  y cinematográfica en la que se preocupó por evidenciar las estigmatizaciones que involucran a los pobres y los sectores populares. Se ha preocupado por alterar el preconcepto de ubicar a los pobres en un “otro”, algo que los margina del proyecto de sociedad, que naturaliza la división, que lo opone a lo “normal”. Incluso la influencia cultivada por la interrelación colectiva en una sociedad imbuida de esa segmentación lo incita al pobre a aceptar y lo conduce hasta aceptar inconscientemente esa situación.

Vínculos

González asume una especie de autobiografía con “El niño resentido”, su libro más reciente. En un reportaje dice “Ojalá el libro sirva para que la gente pueda conocer y adentrarse en un lugar más sensible, más perceptivo, más comprensivo, pero sobre todo conocer y desmontar la mitología alrededor de los barrios populares, que cubre y bloquea también el acceso a la verdad de lo que allí pasa”.

Lucrecia Martel ha dicho “este libro da miedo y tiene la llave para salir del miedo”. Por otra parte, el libro mantiene una mirada reflexiva y triste sobre las condiciones de vida en el barrio, las urgencias materiales que llevan a los chicos a la autodestrucción, a la muerte. No lo hace con un espíritu de reivindicación de la delincuencia y la marginalidad, sino con la objetividad natural de quien reconoce en su pasado las huellas del dolor, la necesidad y la insensibilidad social. Subyace en su texto una poesía encharcada con el barro, pero sublime en su afán.

Manifiesta que el nombre del libro está inspirado en otros libros. Como “El niño proletario” de Osvaldo Lamborghini, o “El niño criminal” de Jean Genet. También reconoce haber atendido a autores como Jack Kerouac, Jack London y Angela Davis, autores todos que tuvieron una temporada entre rejas.

En ese libro, como en su ensayo “El fetichismo de la marginalidad”, alude a la pobreza y su derivación en el delito. Lo aborda desde una perspectiva circular, en un escenario donde el menor delincuente, marginado no accede a posibilidades sociales para escapar de un destino que aparece inexorable.

González, dueño de una sólida formación filosófica, cultural y política, sigue viviendo en su barrio natal, en una casilla, reconoce que “por prepotencia de trabajo” y no mandarse ninguna cagada, tiene el privilegio de publicar y filmar con cierta cotidianeidad. La cultura, en general, y el arte, en particular,  le han permitido constituirse en un claro ejemplo de superación conseguida con la consideración y el respaldo de Montesano pero por el sortilegio que el hecho artístico le ha generado al develarle la utopía de la creación. De forma tal que ha dicho que lo que lo ha salvado estando en la angustia del encierro, “fueron las ganas de escribir, leer y después de filmar”.

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