domingo , 14 julio 2024
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Seis décadas encuadradas

Mario considera que la marquetería demanda, fundamentalmente, tiempo.
Mario “Pelusa” Fernández tiene 81 años y desde los 21 se dedica al arte de la marquetería. En una charla con Bien! reflexionó acerca de cómo se conserva un oficio durante toda la vida y qué significa la construcción de marcos desde su vivencia

La filósofa estadounidense, Judith Butler, propone la noción de Marcos de Reconocimiento, en tanto “el ámbito de realidad perceptible dentro del cual lo humano reconocible se constituye y se reitera en oposición con lo que no puede ser considerado humano”. Podría afirmarse que Mario “Pelusa” Fernández, a través de su habilidad como marquetero, reconoce en cada cuadro aquello que lo distingue del resto y, a partir de allí, le designa su respectivo marco, su identidad propia. Asimismo, los 60 años en el rubro son los que lo destacan a él como un apasionado, minucioso y centrado en un trabajo que conlleva varias condiciones pero, fundamentalmente, tiempo.

El despertar de una pasión

Mario tuvo un acercamiento con el arte desde pequeño. “Nací en el Museo de Bellas Artes. Tengo 81 años de paranaense. En mi casa nunca hubo música, pero estaba todo relacionado con el arte estético: pintura, escultura y dibujo. Me lo estimularon a medias porque tenía habilidad para el dibujo pero, en mi casa, el cáncer de mi padre dificultó nuestra vida”, recordó.

“Desde la secundaria era amigo de Sadi Nelson Genolet. Él estudiaba dibujo con Hipólito Vieytes, quien también tenía un taller de marcos y era un hombre culto, preparado y observador. No le gustaba que Genolet le dejara un tablero de dibujos en su espacio. Entonces, yo lo llevaba a mi amigo y lo esperaba durante la hora que duraba la clase. Mientras Vieytes le enseñaba a dibujar, yo, como soy curioso, observaba las clases y le preguntaba cómo se utilizaban las herramientas para hacer marcos”, relató el entrevistado. 


El marquetero analizó los cambios en el rubro durante los últimos 60 años.

Un día, Genolet y Vieytes discutieron, por lo que Mario y su amigo no concurrieron más a las clases. “Le dije al gordo: ‘No hay mal que por bien no venga’ y le propuse que pusiéramos un taller para joderlo”, dijo Pelusa y explicó que, paralelamente, ya trabajaba en otro rubro. Para iniciar, “tuvieron que buscar un lugar y doña Pascuala, la mamá de Genolet, les permitió utilizar la mitad del gallinero”. A éste lo unieron con la mitad de la cancha de bochas del papá de Sadi. 

El marco es el vestido en la mujer. Un cuadro mal enmarcado no deja de ser un cuadro hermoso, pero mal enmarcado

“Compramos un banco y una máquina de un viejo carpintero, conseguimos la plata pidiéndoles prestado a nuestras mamás. Averiguamos dónde comprar las varillas y preguntamos por proveedores. Les mandamos una carta para pedirles que, cuando vinieran a Paraná, nos visitaran. Estos nos fiaron las varillas. Una vez, cuando ya era amigo de uno de ellos y paraba ciertos días en nuestro taller, le pregunté por qué nos habían fiado. Me respondió que era costumbre porque en este rubro no hay mala gente, no existen clavos en la industria de la marquetería, todos pagan”. 

Mario concuerda con lo expresado hace décadas por su viajante: “Esto requiere tiempo. El sábado terminé un trabajo y vi que, al darlo vuelta, el vidrio estaba un poco rayado y tuve que desarmarlo. Antes nos pagaban con cheques los clientes, algunos no tenían fondos y había que llamarlos para reclamarles el pago, pero nunca se dejó de pagar. Mis colegas son todos buena gente, no hay uno solo en el que no se pueda confiar. Me doy cuenta cuando me traen marcos para arreglar y todos están bien fabricados”.

La marquetería en su vida

Cuando Genolet se casó, mudaron el taller a una nueva dirección, lejos de la casa de Mario. “Fui dos días y le dije al gordo que me iba a poner el taller en mi casa. Dividimos la mitad de las herramientas y la materia prima. Para empezar, publiqué un breve aviso en El Diario y tuve mucha demanda. Éramos pocos talleres en la ciudad. Luego puse la galería de arte ‘Morgana’ en la calle 25 de Junio, durante tres años” expresó y detalló que tuvo diversas galerías en las que enseñó el oficio a empleados que luego abrieron sus propios talleres. 

Desde hace 42 años poseen la galería de arte El Farol, junto a su compañera, Mona. “Mis pasiones son los autos viejos y la iluminación antigua, por eso el nombre hace referencia a lo que ilumina. Pero hoy, lo que tiene éxito requiere apariencia, verso, ruido y color. Le falta sustancia”. 

El que es curioso por naturaleza tiene la capacidad de asimilar

Fotos: Juliana Faggi.

“El marco es el vestido en la mujer. Un cuadro mal enmarcado no deja de ser un cuadro hermoso, pero mal enmarcado. Una mujer bien o mal vestida, es la misma mujer, pero no es la misma mujer. Para que un marco sea bueno, creo que tiene que ir bien con el cuadro” y analizó el rol del marquetero: “Solía ir a los talleres bonaerenses y pedía permiso para ingresar a observar. Algunos tenían diez empleados que se dedicaban a tareas distintas. Yo miraba, el que es curioso por naturaleza tiene la capacidad de asimilar; cualquier cosa de marquetería que no sepa, me basta con mirar a otro realizarla y la aprendo. Hay otros que ven el rubro como un negocio”. 

Mario utiliza el sistema antiguo y posee el mismo martillo de hace más de 50 años.

“Soy el loco que se toma el tiempo para realizar los marcos, pero no es un negocio para mí. Vivo muy cómodo, por eso no he dejado el oficio. Todavía tengo clientes que quieren las cosas hechas como las hago yo. No soy el mejor, hago las cosas bien, con gran esfuerzo”.

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