¿Cuánto más puede aguantar un trabajador que cobra $1.078.100 de bolsillo cuando la canasta básica está en $1.400.000? En Concordia, la respuesta es desgarradora: ya no aguanta más.
Juan José Simonetti, secretario del Centro de Empleados de Comercio, no se anda con vueltas: “No llegamos a la canasta básica. Estamos por debajo, en la canasta de pobreza”. El sindicalista pone números fríos a una realidad que quema: un empleado sin antigüedad cobra $1.187.600 en bruto, pero de bolsillo se queda con apenas un millón y pico.
La explicación es tan simple como demoledora: “La inflación del Indec siempre es mayor que el acuerdo salarial”. Mientras el gobierno se niega a homologar convenios que superen el 1,5% mensual, la FAECyS negoció un incremento trimestral del 5% que se reparte en migajas: 2% en abril, 1,5% en mayo y 1,5% en junio. Como consuelo, una suma fija de $20.000 por mes. ¿Alcanza para algo? Ni para un kilo de asado.
Pero si los empleados en blanco la pasan mal, los que trabajan “en negro” están en el infierno. Cobran entre $600.000 y $800.000 por jornadas de 10 horas diarias. Y los despidos no paran: entre 80 y 100 por mes, con picos como enero que registró 212 cesantías.
“La realidad es que la gente está mal y no se llega a fin de mes”, admite Simonetti con la resignación de quien ve la tormenta venir. “Todo el mundo está endeudado. Esto va a explotar”.
En el sector municipal, la cosa no mejora. Cristian Selva, de ATE Concordia, es directo: “Los trabajadores municipales estamos entre indigentes y pobres”. La “pulverización” arrancó en diciembre de 2023 con la devaluación, y desde entonces los aumentos fueron “miserables”.
Para llegar a la canasta básica de $1.400.000, un municipal necesita más de 20 años de servicios y la categoría máxima. Los contratados como monotributistas no llegan ni a $600.000 mensuales. “No llegan a ser indigentes”, dice Selva, como si eso fuera un consuelo.
Las enfermeras, que durante la pandemia recibían aplausos, hoy cobran $1.200.000 las experimentadas y menos de $1 millón las que recién empiezan. “Están trabajando con la vida, con la muerte”, recuerda Selva. “Antes se los aplaudía y hoy se los destrata”.
El panorama no promete mejoras. Con un gobierno que aprieta el cinturón hasta el ahogo y trabajadores en cesación de pagos por el endeudamiento con tarjetas y préstamos, la pregunta no es si la situación va a explotar, sino cuándo. En Entre Ríos, los números no mienten: los salarios ya no alcanzan ni para sobrevivir.
Con informacion de: Diario Junio.