Las lágrimas lo dijeron todo. Lisandro Martínez, el defensor nacido en Entre Ríos que se ganó un lugar en la consideración de la selección argentina a pura garra y sacrificio, tuvo que dejar la cancha en el peor momento posible: sobre el final del primer tiempo de la final, con la camiseta albiceleste puesta y el sueño intacto.
Una molestia muscular lo obligó a pedir el cambio. Entró Nicolás Otamendi para cubrir su lugar en la zaga. Y mientras el partido seguía en el campo, las cámaras encontraron a Lisandro en el banco de suplentes con los ojos húmedos, la cabeza baja, el cuerpo que no respondió cuando más lo necesitaba.
Hay imágenes que no necesitan explicación. Un jugador que llora en el banco de una final no llora por el dolor físico: llora por todo lo que esa camiseta significa, por el tiempo invertido, por el sacrificio que nadie ve. Lisandro Martínez sabe mejor que nadie lo que cuesta llegar ahí, y sabe también lo que duele salir antes de tiempo.
El entrerriano venía siendo una pieza clave en la defensa argentina durante el torneo. Su salida generó preocupación inmediata tanto en el cuerpo técnico como en los hinchas que lo siguen desde sus primeros pasos. La gravedad real de la lesión se conocerá en las próximas horas, una vez que los médicos de la selección evalúen el alcance de la molestia muscular.