domingo , 21 abril 2024
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La longevidad en clave de género y derechos humanos

Mónica Navarro, una de las compiladoras de La gerontología interpelada. FOTO: Juliana Faggi.

Una serie de testimonios de personas mayores les permite a expertas en gerontología producir un diálogo que procura ampliar agendas y perspectivas y aportar nuevos enfoques en la problematización de la vejez. Publicado por La Hendija Ediciones, el material aporta al debate sobre la diversidad de vejeces, y en ese sentido, contradice los modelos de vejeces normalizadas.

El libro “La gerontología interpelada. Géneros, deseos y derechos” fue “pensado, soñado y creado en la búsqueda de reponer aquellos temas que la agenda gerontológica había invisibilizado o desoído. En ese sentido, propone restituir las narrativas de las personas mayores en relación a diferentes tópicos como memoria, deseos, identidades y territorios”, según definió Mónica Navarro, encargada de la compilación junto a Paula Danel.

Ante una consulta, las investigadoras explicaron que “la obra se dirige a poner en relieve aquello que es considerado desborde, discursos descentrados de lo hegemónico, las historias no percibidas como modelos típicos de vejeces normalizadas”. En ese sentido subrayaron que “ha sido necesario traer al centro del debate la diversidad de vejeces y su devenir a través de una línea de tiempo atravesada por dictaduras, los impactos modernos en la tradición conservadora, las implicancias de la neoliberalización de las vidas y la heterosexualidad normativa junto al crecimiento de movimientos sociales que darían un nuevo marco para pensar la longevidad humana en clave de género y derechos humanos”.

EL DIARIO amplió esos conceptos al entrevistar a Mónica Navarro, trabajadora social, psicóloga, especialista en personas mayores y directora del Centro de Estudios y Abordaje Territorial del Envejecimiento y la Vejez -CEACEV- de LA Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Lo que sigue es un extracto del diálogo mantenido.

–¿Qué puentes y qué dimensiones nuevas pueden establecerse si se tomara como referencia La gerontología será feminista y La gerontología interpelada?

–En el último libro, justamente, señalamos en el prólogo que “La gerontología será feminista” nos permitió una serie de intercambios muy interesantes y relevantes para el campo de la edad, enriqueciendo nuestras investigaciones y debates.

En ese libro pudimos mostrar que estábamos hace tiempo trabajando para poder pensar las vejeces de las mujeres desde diferentes perspectivas en el marco de los feminismos y abordando los grandes temas como la sexualidad, el cuidado, la participación política, las resistencias al patriarcado y las experiencias de las mayores a partir de encontrar otra forma de nombrarnos viejas y sabias.

En el proceso creativo individual y colectivo nos fuimos encontrando con la necesidad de centrarnos en esta apertura en la que iban surgiendo otros temas que nos interpelaban y de ese modo fuimos esbozando la propuesta del nuevo libro.

Enfoques

–¿Qué contribución hizo la perspectiva de género?

–La cuestión de género nos permitió dar cuenta de nuestras investigaciones alrededor de las sexualidades de las personas mayores y especialmente de las mujeres. Nuestra mirada seguía más allá y profundizaba en las sexualidades que resisten la heterosexualidad obligatoria desde sus historias de vida y nos invitaban a encontrar metodologías de abordaje, y herramientas para elaborar las experiencias de territorio, todo ello en un contexto cargado de memoria que logró reunir textos sumamente valiosos.

Ser una persona vieja tiene una carga desde lo subjetivo y social que padecemos de alguna manera quienes llegamos a esta etapa vital, que es diferente según el sector social al que se pertenezca. Por otro lado, la perspectiva interseccional nos revela claramente cómo se potencian entre sí las opresiones de raza, género, clase, etnia y edad. Esto significa que es importante reconocer que las diferencias que existen en las vidas de las personas y las desigualdades que padecen, adquieren en la vejez un peso mayor.

Así, en La gerontología interpelada, profundizamos sobre ese plano oculto de las vejeces que tiene que ver con las identidades no hegemónicas. Ser gay, lesbiana, bisexual o trans ha conllevado para muchos de los testimonios que el libro trae, un padecimiento que atravesó trayectorias de vida cargadas de desigualdades.

–En eso se enfocó el trabajo…

–Las investigaciones que estuvimos realizando nos mostraron los efectos de la discriminación sufrida históricamente y en contextos de represión social muy particulares en Argentina, en Chile y en Uruguay. Ninguna vejez existe en un vacío histórico, se encuentra atravesada y llena de huellas de aquello que fue parte de su existencia. Para decirlo de otra manera, más texto que contexto.

Escribir sobre la lucha de las mujeres en los territorios en la cotidianeidad y sobre nuestra experiencia con la ESI en el programa Ancestras sumó una particular impronta en este nuevo libro que nos enorgullece.

Tuvimos la fortuna Paula y yo de contar con aportes muy significativos para desarrollar estas temáticas. Cada capítulo está maravillosamente escrito con el objetivo de dar voz a distintas narrativas y a la vez formular vinculaciones con determinadas teorías o plantear nuevos interrogantes.

Creo que es un libro que más allá de sumar lecturas diversas de las vejeces, es una contribución didáctica para quienes están formándose o quieren dialogar con diversos autores que traemos junto a nuestras propias ideas en el texto.

Se trata de una producción colectiva muy placentera, respetuosa y alentadora de nuevas preguntas.

Parte importante de “La gerontología interpelada” es el trabajo de edición y la enorme calidad que tiene el libro como objeto en sí, gracias a La Hendija Ediciones.

Imágenes y prejuicios

–¿Cuáles son las representaciones que tiene la academia sobre la vejez?

–La cultura de la eterna juventud no es una moda ni parte de una aspiración que anida en las personas individualmente. Nuestra sociedad actual detesta las diferencias, propone un modelo estandarizado de belleza, juventud y éxito, en los hechos inalcanzables, que funciona como herramienta para sujetar el deseo a un sistema que reproduce desesperanza y frustración. 

La vejez es entonces para este modelo de consumo, un verdadero horror: los cuerpos, los deseos y las aspiraciones de las personas mayores parecen no tener lugar, salvo para consumir mercancías ligadas a la medicalización. Esto se explica porque la cultura instalada suele asociar vejez con deterioro y enfermedad.

Al rechazo a la vejez Robert Butler lo definió, hace medio siglo, como “ageing”; y Leopoldo Salvarezza como “viejismo”. Se trata de un fenómeno tan generalizado como el racismo o el sexismo. Su naturalización impide que siquiera pongamos atención a conductas de discriminación y microviolencias que se ejercen a diario sobre las personas mayores.

Este mundo, que cada vez tiene mayor población de viejos, se comporta, sencillamente, como una “sociedad viejista”: se niega a darles voz, respeto y derechos a quienes han contribuido a construir el mundo que hoy habitamos.

El viejismo está en todas partes. Es tan potente que no se queda en las publicidades, es parte de la vida diaria de todas las personas de todas las edades, incluso de las personas mayores. Ser vieja, viejo, vieje, es inevitable, en tanto no envejece quien muere antes. Sin embargo, el rechazo a la vejez está en todos lados: en un chiste entre jóvenes, en el empeño en ocultar las marcas del envejecimiento en el cuerpo, en el desarrollo por acción o por omisión en las políticas públicas, en fin, en el discurso social en general.

–¿A qué perspectivas suelen adscribir los familiares y las personas dedicadas a la gestión de los cuidados?

–Nuestra sociedad occidental, capitalista, no educa para la vejez, todo lo contrario, vemos que los contenidos en la educación replican el sesgo, incluso en la formación de profesionales que atenderán a las necesidades de esta población.

Quienes trabajamos en gerontología tenemos la tarea de revisar los prejuicios existentes, en primer lugar. Es vital proponer programas, acciones territoriales, proyectos y materiales que impacten en toda la sociedad tratando de aportar para el cambio urgente que necesitamos.

En la intervención profesional nos encontramos con la desvalorización de las personas añosas, el maltrato y la violencia desde sus seres más cercanos a aquellos que realizan tareas de cuidado.

Si bien hay biografías particulares, la tendencia social es esa, una opacidad para tratar los problemas y demandas de las personas viejas.

Viejas y nuevas opresiones

–Se suele decir que la desigualdad y la vejez tienen rostro de mujer, ¿qué lugar vendrían a ocupan las identidades no binarias en este axioma?

–Las mujeres sufrimos opresiones que nos acompañan toda la vida y tal como lo señalamos en nuestros textos, se acumulan produciendo vejeces aún más desiguales. En el caso de las identidades disidentes, la discriminación y la violencia tiene grandes proporciones que incrementan los riesgos para sus vidas, impidiendo que sean parte de esta población longeva de la que hablamos. Es sabido que el promedio de vida de las personas trans es de 38 años, producto de las condiciones de vida que sobrellevan.

–¿Qué lugar ocupan las mujeres viejas en las familias, y en los establecimientos dedicados al cuidado?

–Es un proceso complejo. Por un lado, las mujeres sobrevivimos a los varones. Por otro lado, a medida que avanza la edad crece significativamente la proporción de mujeres, de manera que también somos mayoría en las instituciones geriátricas.

Hay dos datos que completan el cuadro. Uno de ellos es que somos quienes cuidamos en las familias, a un alto costo individual. Entonces, cuando envejecemos lo hacemos con peor salud que los varones.

–En distintas ocasiones han señalado que hay un modo femenino del conocer y el hacer ¿A qué se refieren?

–Esta pregunta tal vez requiere un mayor contexto explicativo, pero podemos señalar que la experiencia de vivir en tanto mujeres hace que tengamos un punto de vista diferente para ver las cosas. Nuestra perspectiva se construye en base a lo que vivimos y también en relación a las dificultades que debemos afrontar y los aprendizajes que conlleva superar situaciones de obstáculos y limitaciones en el proyecto vital que el patriarcado nos impone.

De todo ello construimos un modo particular de actuar que no tiene que ver con ninguna esencia ni cualidad intrínseca de lo femenino, sino todo lo contrario: la experiencia social con otras mujeres fortalece nuestras capacidades.

A través de las generaciones nos hemos transmitido también este acumulado de experiencias y sabiduría. Desde nuestras ancestras y hacia las nuevas generaciones.

Un libro propone salir de los lugares comunes en torno a la vejez. FOTO: Juliana Faggi.

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