domingo , 25 febrero 2024
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El duelo, una excusa para explorar contradicciones

La experiencia del duelo suele afectar notablemente la relación de pareja. Foto: Juliana Faggi.
Al incorporar la sensibilidad del varón a su estrategia discursiva, la escritora María del Mar Ramón proyecta a otro plano la discusión sobre los duelos, generalmente abordada desde la perspectiva de la mujer. “Es odioso no ser la persona que recibe amor después de una tragedia y quedarse sin la retribución simbólica de esa reparación”, señala.

Ana Clara Pérez Cotten | [email protected]

Con prosa ágil y una historia sólida que no requiere de ornamentos, la novela Todo muere salvo el mar, de la escritora María del Mar Ramón, indaga en los duelos, en el devenir misterioso de la pareja como ecosistema y en la posibilidad fantasiosa pero tan recurrente de encontrar refugio en una isla. “El duelo habilita la idea de que la tristeza es un lugar al que uno vuelve. Hay algo que será siempre un poco triste, aun cuando accedamos con alegría al futuro”, se propone.

Todo muere salvo el mar (Seix Barral) cuenta la historia de Lucas y Paula, quienes deciden viajar a La perlita, una isla caribeña que representa la posibilidad de escapar de la muerte y el dolor que atraviesan. Pero la lógica de la naturaleza, los sueños y la fertilidad del Caribe terminan por desentrañar la aridez de la realidad. La virtud de la narrativa de María del Mar Ramón radica en que, con frescura, logra que el lector acompañe al personaje y acceda a los pensamientos y sensaciones de un hombre de cuarenta años de edad que se enfrenta al dolor más hondo.

María del Mar Ramón nació en Bogotá en 1992. Es autora de la novela La manada (2021) y del libro de ensayos feministas Coger y comer sin culpa (2019). Cuando se le consultó dónde debería ubicarse “Todo muere salvo el mar” en las librerías, propuso el estante de Literatura Latinoamericana porque, a pesar de que lee y se relaciona con las autoras argentinas de su generación y de que vive hace once años en Buenos Aires, considera que lo suyo se inscribe en un panorama más amplio que trasciende la frontera más inmediata. “Creo que es valioso en términos literarios el ir y venir entre ambos países. Siento que la Argentina es indudablemente el país latinoamericano que produce la mejor literatura de la región, pero también hay barreras para que lleguen otros autores. Por otro lado, amo la argentinidad, pero soy colombiana y no puedo alterarlo. Hay algo muy caprichoso en la identidad: yo me sigo emocionando con el himno colombiano. Es muy importante tender más puentes con otros países de la región, nos fortalecería”, reflexionó durante una entrevista, cuyas partes sustantivas se comparten a continuación.

–¿Cuál fue la semilla que dio origen a la obra?

–Escuché por terceros la historia de un conocido cuyo hijo había nacido muerto. Algo me pasó. Me impactó mucho la idea de sobrellevar un duelo de esas dimensiones. En ese momento, yo estaba escribiendo las primeras páginas de otro proyecto y no terminaba de gustarme. Por algún motivo me quedé enganchada en esa imagen. Sé que son cosas que suelen pasar, pero algo de la intriga y la estética me llevó a pensar en cómo eso repercutía en la historia de una pareja.

Me puse a investigar y recuerdo haber visto una entrevista en Discovery Home and Health en la que una mujer que había perdido a un niño en un embarazo a término contaba sobre el proceso y el duelo. Toda la entrevista estaba enfocada en ella y el padre apenas aparecía, era una posición de estorbo a pesar de la legitimidad de su dolor. Pensé, entonces, que la manera de narrar esta historia era a partir de los ojos de él.

El duelo es un terreno muy fértil para explorar las contradicciones humanas

Estrategias

–La novela tiene una suerte de rareza: repara en el mundo interior de un narrador hombre. Sus sentimientos, sensaciones, auto explicaciones…

–Me interesa mucho el mundo interior de los hombres, me persigue. Creo que me gustaría que no me interesara tanto. En La manada, yo había escrito con la voz de un adolescente, era distinto. El mundo de los hombres suele estar sub narrado.

En el último tiempo, Alejandro Zambra ha sido el que más se ha animado a contar qué y cómo sienten los hombres. Hay algo de eso que me genera auténtica curiosidad y estoy convencida de que no se puede escribir una novela sin auténtica curiosidad. Aunque eso implique sumergirse en las emociones bajas y las pasiones más oscuras.

–Considerar también el punto de vista de los personajes que supuestamente son secundarios…

–Sí, más allá del rol que ocupan en la historia es interesante ver cómo son las afectaciones a las que nunca les prestamos atención. Es odioso no ser la persona que recibe amor después de una tragedia y quedarse sin la retribución simbólica de esa reparación.

Me ha interesado mucho también ver el duelo desde otra óptica. El duelo es un terreno muy fértil para explorar las contradicciones humanas.

“La gente siempre se ha muerto y lidiamos con eso como podemos”, indica María del Mar Ramón.

–En la novela se entrecruzan varios duelos. ¿Cómo armaste ese tejido?

–Empecé a trabajar alrededor de la idea del duelo en el marco de la maternidad y la paternidad y con eso accedí a aproximadamente la mitad del borrador. Y entonces, murió mi papá. Creo que eso robusteció la novela de una manera particular.

No me interesa una literatura catártica, pero el acceso a determinada experiencia humana es innegable que da cierta comprensión. Me pareció muy curioso estar escribiendo sobre el duelo antes de vivir el propio. No quería ni escribir en primera persona sobre la muerte de mi papá ni que la novela cambiara el rumbo. Pero al final, encontré que hubo una compañía muy linda que se hicieron la literatura y la realidad. La historia se humanizó.

El personaje cree que lo sabe todo y no, no hay una forma de saber nada sobre la pérdida. El duelo habilita la idea de que la tristeza es un lugar al que uno vuelve. Hay algo que será siempre un poco triste, aun cuando accedamos con alegría al futuro.

La gente siempre se ha muerto y lidiamos con eso como podemos, indica María del Mar Ramón.

Puentes

–¿Cómo dialoga en tu escritura la ficción y la no-ficción?

–El diálogo se organiza y se desorganiza. Yo soy una feminista, pero esta no es una novela feminista. Ahora tenemos mucho acceso a cómo piensan las personas que crean y, entonces, necesariamente trazamos estos vínculos que son forzados.

Siento que me gusta tener otras búsquedas en la literatura que no sean necesariamente militantes. No todo lo que hace una persona que ha declarado una posición política está alineado con esa posición. No todo producto artístico tiene que estar atado a la identidad de quien lo hizo. En los últimos años me interesó hacer un repliegue para mirar la realidad.

–¿Y ubicás por qué te pasó eso?

–Sentí que no tenía nada más para decir al respecto. Escribí un libro que quiero muchísimo y que me encantó lo que generó en los lectores. Pero no había parte dos.

Y ante el éxito que tuvo, me pareció un poco mezquino seguir insistiendo con la voz de una chica rubia, blanca y de clase media. Abramos el abanico a otras voces en primera persona, a otras identidades. Me sentía repetitiva, me dio pudor.

Por otra parte, opinar requiere de mucha inmediatez y no me llevo bien con lo breve e instantáneo porque yo no soy ni breve ni concisa. Tengo en la radio un espacio de dos horas en los que me puedo explayar, pero ya no estoy tan segura de todo lo que dije y quiero poder equivocarme y desdecirme. Y yo soy una suerte de alma sensible, no sirvo para Twitter, todo me duele y no lo soporto. Entonces, me parece que la literatura me abrió otros caminos y otras dimensiones.

El duelo habilita la idea de que la tristeza es un lugar al que uno vuelve

Periplo

–¿Cuáles fueron esos caminos?

–La literatura puede ser una forma de acercarse a la realidad, pero no es lo que a mí me interesa en este momento. La literatura es un espacio de libertad estética y de curiosidad. Me gustan muchas “novelas necesarias”, pero también me gustan las que no. En esta novela no hay ninguna respuesta a una pregunta existencial.

La gente siempre se ha muerto y lidiamos con eso como podemos. No todo tiene que ser sobre el inminente presente, sino que tenemos que habilitarnos a conocer cosas bellas, tristes o con emociones que están en el mundo. Me encanta la inutilidad de la belleza porque es un refugio en un presente tan saturado y ante un futuro tan esquivo. Es urgente poder imaginar y eso es un gran valor de la literatura.

–La playa y el mar parecieran ser un personaje más de la novela. ¿Por qué decidiste que la historia sucediera allí?

–Como seres urbanos, tenemos incorporado el cliché de que nuestros problemas se resuelven cuando vamos al mar. Es un impulso que yo también tengo, pero es bastante claro que los problemas nos persiguen. Pero algo del mar me interesó trabajar como consuelo y amenaza en la permanencia de la naturaleza: alivio y angustia porque las olas van a romper siempre, no importa qué pase mañana.

Sí, hay vientos y corrientes, pero eso que vuelve todo el tiempo es al mismo tiempo maravilloso y apabullante. Ocurre que, ante el duelo, la incertidumbre y el dolor de la muerte, cualquier certeza termina siendo un alivio.

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