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La poética leve de Juanele en la música de Sebastián Macchi

En Luz de agua, Poemas de Juan L. Ortiz/Canciones, el músico plasma en el pentagrama el magnífico trabajo discográfico que realizó en 2005. El libro, editado por ediciones Intemperie sin fin, reúne las canciones que el pianista y compositor paranaense incluyó en la grabación.

 

Carlos Marin

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En 2005, Sebastián Macchi dio a conocer un magnífico trabajo discográfico: Luz de agua, Poemas de Juan L. Ortiz/Canciones. La grabación, editada por el sello Shagrada Medra, contenía una decena de poemas del poeta gualeyo musicalizados por el pianista y compositor paranaense.

A 18 años de aquel momento, Macchi entrega una nueva propuesta vinculada a ese registro: un libro de partituras con las canciones de ese hermoso disco.

El trabajo, publicado a través del sello Intemperie sin fin, refleja -con las limitaciones que supone trasladar un hecho artístico y vital como la música a una hoja pentagramada- el amor y la pasión con la cual el compositor plasmó el vínculo entre poemas y músicas. De esa entrega dan cuenta además detalles como la cuidada edición y el delicado diseño gráfico.

“No ha sido tarea sencilla la transcripción de estas músicas, y que su composición fue sustancialmente intuitiva, en un intento sinestésico y lúdico de traducir la fisonomía de los poemas, la hondura de sus atmósferas y su lirismo en materia sonora”, expresa el compositor sobre estas páginas que contienen diez poemas de Ortiz musicalizados: Rosa y dorada; No era necesario; La mañana quiere irse; Fui al río; Canción; Rumor de lluvia; Anoche ha llovido; Tarde otoñal; Rama de sauce; y Claridad, claridad.

“Siento un amor muy especial por ese repertorio, por esas canciones”, confió Macchi a EL DIARIO, al expresar los fundamentos que lo movilizaron a llevar a escribir sobre una partitura el trabajo realizado en el disco con Luz de Agua. Por otro lado, señala que “fueron las ganas de compartir esas canciones y pensar que un libro es una semilla, que puede germinar y despertar en otros tiempos y en otras personas, la magia que me conmovió”.

“Para mí -agrega- los poemas de Juanele han sido semillas que despertaron en mi inspiración, inquietud, búsqueda”, desliza el artista. “Pese a haber nacido en otro tiempo al que Juan escribió; su obra despertó cosas en mí. Y siento que la música que compuse para acompañar sus poemas tiene esa condición: que cuando hay profundidad, detrás de un contenido, se despierta un fuego propio, una sensibilidad especial en las personas”, lo cual, concluye, “me llevó a las ganas de compartir de esta manera las música, que siga circulando a través de este libro”.

En ese sentido, Macchi acepta también que lo movilizó “lo que sucede actualmente con la música grabada; y lo que pasa con los discos, que van quedando de lado. Entonces fue pensar la partitura como una invitación a que alguien pueda abrir estas partituras y pueda tocar estas piezas en el futuro”.

El libro contiene las partituras de diez poemas de Juan L. Ortiz que fueron hechos canción por Macchi.

PROCESO COMPLEJO. La complejidad que significó vincular la palabra a la música y luego la transcripción de esas composiciones al registro escrito suponen un proceso arduo y complejo. En ese punto, el compositor cuenta que la escritura insumió “muchísimo tiempo”.

“Sólo de transcripción implicó un año. Porque una vez escrito había que replantear muchas cosas, volverlas a trabajar. Fue un proceso de tanteo, de ensayo y era imposible de acelerar. Por suerte en eso conté con la ayuda de Luis Barbiero, que colaboró mucho en que haya otra mirada y además, el conoce muy bien a estas canciones. Luego también, la etapa de corrección, maquetación y diseño llevó otro año más”.

Por otra parte, el ensamble entre la palabra del poeta, el tono, la métrica y el ritmo de los versos implica también una musicalidad que hay que respetar. En ese sentido, Macchi plantea que “al leer en voz alta, las palabras escritas suelen animarse y expresar algún sentido a través de la propia voz. Andando los versos de Juanele así, como disuelto en otro mundo, fueron despertándose algunas impresiones sonoras que hallaron su forma en estas canciones. Luz de agua es un diálogo sin tiempo de amor y profundo respeto. Un homenaje, y finalmente una manera despojada de agradecer tanta belleza que su obra y su vida nos enseñan, como formas de resistir desde lo sutil”.

En el disco, la voz que interpreta las canciones es la de Claudio Bolzani, quien en algunos momentos enriquece la interpretación con su sensibilidad. Se presenta entonces, en el proceso de transcripción otro elemento complejo: cómo reflejar el fraseo y los motivos en el papel. En ese punto, el pianista señala que “al pasar a la partitura en vez de calcar exactamente eso, que queda con cierta rigidez para alguien que aborda eso desde la lectura, buscamos que haya una correspondencia más lineal de la composición con el motivo de la melodía”.

Para su autor, el volumen “es un homenaje, y finalmente una manera despojada de agradecer tanta belleza que la obra y la vida de Juan L. Ortiz nos enseñan”.

INNOVACIONES. En todo el proceso de gestación y grabación del disco, “fueron muy pocos los casos en que apelé a la notación musical tradicional, a pesar de contener estas canciones en su esencia y estructura elementos musicales precisos y definidos”.

Para Macchi lo anterior “rezuma especialmente en la maleabilidad del tempo, la irregularidad de algunas frases, las respiraciones abiertas y las reiteraciones libres y pausas propias de quien se zambulle en la lectura de un texto literario”.

Por ello es que debió apelar a innovar, en términos de escritura sobre el pentagrama proponiendo nuevos símbolos, como la figura de un pez, que intenta conectar la espontaneidad de la interpretación en vivo con lo que queda plasmado, fijo, en el pentagrama.

“Ese símbolo es algo que también apareció en el arte gráfico del disco. Nos pareció apropiado usarlo en algunos casos en los que lo que está escrito no coincide exactamente con lo que tradujimos en la partitura. Son pequeños guiños para acompañar ese pequeño buceo que propone el libro”, expresa el músico.

Macchi considera que “Juanele produjo sus diez primeros libros fiel a una estética editorial que instrumentó, en todos los casos, desde un tipo y tamaño de fuente, interlineado, disposición en la hoja. Decidí respetar conceptualmente estos rasgos por considerarlos constitutivos de su universo”.

En ese aspecto, concluye, “hay cuestiones que tienen relación con el descubrimiento de un campo muy estético de la partitura, como por ejemplo emplear, en vez de nomenclaturas técnicas de la música, empleamos algunas frases poéticas para orientar el sentido de la interpretación y que creo, que ayudan a meterse en el espíritu de esas músicas. En algunos casos borramos la barra final de compás para marcar que, como en la perspectiva estética del poeta, no hay final para la obra, sino que la misma continúa más allá de la página, en la vida”.

El libro nació de “las ganas de compartir las canciones y considerar que es una semilla, que puede germinar y despertar en otros tiempos y personas, la misma magia”, dice el músico.

Voz de un referente

 

Para Miguel Angel Federik, las canciones del libro “no son una ilustración sonora de Juanele, sino esa otra canción/creación que por sus frutos se parece” a la obra del poeta.

Sobre el libro de partituras, Miguel Angel Federik considera que “en el cancionero argentino hay un largo índice de dúos autorales. Cosa similar pero distinta -puesto que nada nace de la nada- es lo que hace Sebastián Macchi sobre esta selección de poemas, que implicó una inmersión particular y una obsesión deliberada no sólo porque la prosodia orticiana es ya de una libertad formal y expresiva singular, sino porque asumió la triple tarea de rumiar textos y contextos naturales comunes, reparar en referencias y ciertos modales del poeta y luego atravesar todas esas auras flotantes a sonoridades propias en una migración consustancial al viaje de una palabra siempre en viaje, como quien percibe ese más allá de este mundo de aquí, en unas contigüidades solo posibles para quien goza el conocimiento de ambas escrituras y la finísima sensibilidad de su tiempo”.

Y agrega: “ Estas composiciones no son una ilustración sonora de Juanele, una nota al pie de su otra fluidez orgánica, sino esa otra canción/creación de ahí nacida y que por sus frutos se le parece. Y no lo es, porque la escritura musical es también una traducción de esos instantes a esos otros signos universales, que es lo que generalmente se pierde de una lengua a otra lengua”.

El poeta señala que “estas partituras confirman las oyentes lecturas, y sobre todo los saberes, destrezas y fervores de Sebastián Macchi lanzados hacia otras arborescencias de ese tronco unitivo de música y poesía”.

Referente de la autogestión

La publicación del trabajo es de carácter independiente, como los diez primeros libros que editó Juan L. Ortiz. La edición fue posible porque el proyecto fue seleccionado en la convocatoria del Fondo de Estímulo e Incentivo a las culturas, las artes y las ciencias (Feicac), del Municipio de Paraná.

“Haber contado con ese aporte me permitió comenzar y hacer la primera parte”, expresó el músico. En ese sentido, “la inspiración de Juanele excede lo poético; él fue pionero en la autogestión, hacía ediciones artesanales en las cuales plasmó una estética y una caligrafía muy personales y definidas. Para nosotros es una referencia importante en ese sentido”.

 

 Un puente

­¿Qué caminos esperás que transite este libro?

­Todos. Pero me gustaría muchísimo que este libro sea una posibilidad de vincular la poesía de Juan con los ámbitos en que se estudia música a partir del trabajo que hicimos con el grupo. Si bien tiene un carácter académico, intenta ser un puente entre quienes estudian con los códigos formales, y el carácter más libre de la improvisación y la creación. También quisiera que sea un material que quien estudia música pueda estudiar con música escrita y hecha acá.

Tocar estas canciones es para mí siempre una nueva oportunidad expresiva, resonante con el presente y el entorno singular donde sucede. En ese sentido, y con la referencia certera de la grabación, deseo que cada versión de este libro pueda inspirar, sea también un hecho móvil y sin escisión del impulso creativo de cada intérprete.

El equipo

Transcripción general y producción musical: Sebastián Macchi

Revisión integral: Luis Barbiero

Revisión de escritura para piano: Celina Federik y Macarena Buscema

Revisión de la escritura para guitarra y digitación: Luis Medina y Florencia Schroeder

Diseño y maquetación general de partituras: Milton Geranio

Revisión de textos: Natalia Damadian

Ilustración de portada: Lucía Fink

Diseño Gráfico: Roxana Rainoldi

Contacto y más información: [email protected]

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