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Una historia de amor de Julietas sin Romeos

Sustentada en las interpretaciones de sus protagonistas, Carol es una película digna de ser recomendada. Es una historia de amor entre dos mujeres, sin estereotipos, que aborda con delicadeza la seducción y las emociones profundas que sustentan vínculos no aceptados socialmente, pero también los riesgos a los que las amantes se exponen.

Gustavo Labriola
Especial para EL DIARIO

Eran los finales de la década del ’40, en Nueva York. Años en los cuales se venía gestando el macartismo, época de profunda rigidez de costumbres y de moral espartana. La norteamericana Patricia Highsmith (1921-1995) había escrito la novela Extraños en un tren, que en 1950 sería publicada. Luego se convirtió en uno de los tantos filmes que solidificaron el prestigio de Alfred Hitchcock (1899-1980). En el momento en el que se le prestó la historia, Highsmith publicaba algunos textos para revistas de comics y buscaba un trabajo estable.

Así, se anotició de una vacante temporaria en la sección de juguetes de uno de los grandes almacenes de Manhattan y tomó ese empleo. En proximidad de la Navidad, una madura y adinerada mujer rubia se acercó a adquirir una muñeca y fue atendida por Highsmith. A partir de la solicitud de la mujer para que le llevaran a su domicilio el obsequio, se generó una relación entre ambas.

Tal circunstancia hizo que Highsmith escribiera un argumento similar a su experiencia personal, pero en lugar de usar su nombre, al personaje de la empleada lo llamó Therese Belivet. La novela, luego de ser rechazada por varias editoriales, finalmente fue publicada en 1952.

La relación entre ambas mujeres molestaba a la sociedad de esos años, y cuando se conoció el libro, que se llamó El precio de la sal, Highsmith lo firmó con el seudónimo de Claire Morgan. Muchos años después, en 1989, fue reeditado con el título de Carol, ya con el nombre real de la autora.

Highsmith incorporó un prólogo explicando las razones que habían motivado la utilización de otro nombre para firmar el libro. No obstante, al momento de la publicación original, debido al interés que había generado la historia, muchas mujeres transformaron a Carol en un éxito, con más de un millón de ejemplares vendidos. Evidentemente, se habían sentido conmovidas por el enfoque y la valentía de la autora.

Años después Highsmith se convirtió en una especialista de novelas policiales, las que, a su vez, fueron llevadas a la pantalla grande. Su personaje ambiguo y ligeramente incorrecto, Tom Ripley, fue interpretado por varios actores, entre ellos, Alain Delon; Dennis Hopper; Matt Damon, John Malkovich; Barry Pepper, Jonathan Kent y Andrew Scott.

PANTALLA GRANDE

Un día, la historia de Highsmith llegó al cine. El responsable de ese salto fue Todd Haynes (Estados Unidos, 1961), un director de cine que también filmó Velvet Goldmine (1998), Lejos del paraíso (2002) y I’m not there (2007).

Para filmar Carol (2015), Haynes se basó en una adaptación de la novela de Patricia Highsmith, trabajo que estuvo a cargo de la directora de teatro y cine, guionista y dramaturga estadounidense, Phyllis Nagi.

En el filme el director consiguió plasmar la esencia romántica de la historia. La protagonista, Cate Blanchett, dijo, en su momento, que era “la historia de amor entre Romeo y Julieta, pero con dos Julietas”.

Para narrar, Haynes saca provecho de los silencios, de las miradas, de la música, y los pequeños detalles. Al priorizar lo sutil sobre lo evidente, sobresale el acabado de la película, su estética visual, desde la composición de los planos y el vestuario, a la fotografía y muchos otros aspectos técnicos. Filmando, Haynes es un artesano minucioso, delicado, capaz de alcanzar una belleza visual indiscutible.

Carol es una historia de amor que se desarrolla en una época en la que no era posible exteriorizarla, por el contexto cultural pacato. Pero, la pareja protagónica, Blanchett y Rooney Mara consiguen, con sus actuaciones, conquistar la atención del espectador y conmoverlo. Subyace una recatada tristeza, sin melancolía, por la sensación que une a ambas mujeres de no poder concretar con libertad y sin disimulo, lo que sienten. Y el compromiso social que, sobre todo, Carol no puede esconder. Incluso el castigo que su ex esposo le infringe al quitarle la tenencia de su hija.

Es una película bellísima, de instantes estéticamente sublimes. Las imágenes son elocuentes de lo que interiormente experimentan los personajes. Hay mucho de la obra del pintor Edward Hopper (1882-1967) en esos retratos urbanos, solitarios y taciturnos.

En el filme, Carol ejerce una presencia fuerte, con el rostro y el aplomo de una Cate Blanchett que imprime carácter al personaje. Therese, en cambio, es una figura grácil, callada; es el ángel caído del cielo al que se refiere Carol insistentemente. Therese tiene el rostro y el cuerpo fino y sutil de Rooney Mara. A partir del silencio y la calma de Therese y de la entereza y el aplomo de Carol se construye una película perfecta, que bascula entre lo explícito y lo sugerente.

Cate Blanchett logra uno de sus mejores desempeños en la Carol desafiante que pone en juego su confort a sabiendas de las consecuencias de su decisión. Aunque ligeramente contenida, muestra pasión y un dolor velado. Rooney Mara compone a Therese Belivet, la joven aspirante a fotógrafa que, en sus días de dependiente en la juguetería, se enamora de Carol. También ella consigue plasmar una labor notable. Su rostro, perfecto, con sus silencios y miradas, es clave para descifrar la relación que se va generando entre ambas mujeres.

Rooney Mara, años antes representó a la heroína Lisbeth Salander en Los hombres que no amaban a las mujeres, basada en un libro de la saga Millennium del autor sueco Stieg Larsson (1954-2004).

Para filmar Carol, Haynes, utilizó locaciones interiores y exteriores de la ciudad de Cincinnati para recrear un Manhattan de los años ’50. Su película cosechó numerosos premios, entre ellos el de Mejor Actriz para Rooney Mara en el Festival de Cannes. Sin embargo, a pesar de estar nominada a seis premios Óscar, no recibió ninguno; tal vez, debido a que aún la hipocresía de una sociedad timorata prefiere mantener bajo la alfombra sensibles realidades humanas.

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