La semana estuvo difícil para Rogelio Frigerio. En Paraná, los docentes lo abuchearon en el Congreso de Educación; en Concordia, debió retirarse de la Escuela Secundaria “Gerardo Yoya” entre cánticos.
El grito fue directo: “Fuera, fuera, fuera Frigerio, fuera”. La bronca docente se volcó contra la pérdida del poder adquisitivo y contra una gestión que, para la crítica, quedó anclada en la motosierra nacional.
Frigerio, en cambio, plantea su fórmula: “Ahora el Estado está para servir a los que producen, a los que invierten y a los que crean trabajo”. Y agrega: “En Entre Ríos, a todas las nuevas inversiones no les cobramos ningún impuesto para los próximos 20 años, ni provinciales ni locales”.
La pregunta incómoda queda en el aire: ¿dónde quedás vos, ciudadano común, si el Estado no regula, no equilibra y se desfinancia? Esa es la grieta que abre el debate entre inversión y servicios públicos.
El contraste no es menor. El abuelo de Frigerio, Rogelio Frigerio, fue asesor fiel de Frondizi y, desde la historiografía, es considerado uno de los fundadores del desarrollismo, la corriente que emergió con el gobierno de Arturo Frondizi.
Ese desarrollismo buscaba superar la dependencia agroexportadora y expandir el capital nacional. Su lema era claro: “petróleo + carne = acero + industria”.
El Estado, en esa vieja receta, tenía un rol clave: ordenar la inversión privada y extranjera y planificar equilibradamente la importación de bienes de capital para el autoabastecimiento en sectores clave. Allí, el Estado no era un obstáculo, sino un planificador.
Esas ideas no nacieron de la noche a la mañana. En los años 30 y 40, el abuelo Frigerio y otros autores compartían la mirada sobre el carácter capitalista del país, la necesidad del capital extranjero y la oposición a la reforma agraria.
La industrialización y la ruptura con el modelo primario exportador eran objetivos prioritarios. Las corrientes desarrollistas también bebían de Lenin, Marx y teóricos occidentales, con énfasis en el rol del Estado.
La biografía intelectual del abuelo también deja rastros. En 1946, fundó la revista Qué sucedió en siete días junto a Baltazar Vicente Jaramillo, de la que fue subdirector, y criticó al gobierno de Perón hasta que fue clausurada en 1947.
En 1955, tras el derrocamiento de Perón, la revista se reabrió y Frigerio la dirigió. Su línea editorial apostó a la conciliación con el peronismo y a la apertura democrática, con autores filoperonistas como Raúl Scalabrini Ortiz.
También escribieron en esa revista Arturo Jauretche y otros autores filoperonistas. Desde sus páginas se militó fervientemente por Arturo Frondizi ante las elecciones presidenciales de 1958.
Frigerio conoció a Frondizi en 1956 y rápidamente se transformó en su consejero político. Ambos abogaron por la integración del ideario peronista cuando la oleada antiperonista recorría la política.
Frondizi y Frigerio salieron a dialogar y convencer a los radicales antiperonistas y al Ejército, que gobernaba. En las elecciones parlamentarias de 1957, el voto en blanco había ganado como resistencia peronista.
El cierre queda abierto: entre el desarrollismo de su abuelo y la política de hoy, el nombre Frigerio encara dos tiempos. La provincia observa si el Estado volverá a planear o seguirá sirviendo solo a los que invierten.