“Buen vuelo, Palo”. Así se despiden de Carlos Alfredo Rinke, el piloto que en la Fuerza Aérea Argentina pasó a llamarse numeral de hierro. Murió el 28 de octubre en Córdoba, su ciudad natal, y dejó una historia que no se cuenta con palabras suaves: Malvinas, el Grupo 5 de Caza y misiones que marcaron a una generación.
Tenía 70 años y esperaba un trasplante de médula. Estaba casado con María Gabriela Fierro, tenía cinco hijos y 12 nietos. Su apodo de combate, “Palo”, no era un capricho: él mismo lo explicaba como la posición que ocupa el numeral en la escuadrilla, detrás del guía, acompañando, sin perder el paso.
“El numeral es la posición en las escuadrillas; hay un guía adelante y el numeral va acompañando”, contaba. El mote nació porque era muy efectivo: participó en todas las misiones que le tocaron y regresó de cada una. En un oficio donde el cielo puede cobrar su peaje, esa frase pesa como una firma.
En el Grupo 5 de Caza, los Halcones, el lema era ad astra per aspera: hacia las estrellas por el sendero áspero. Su jefe, el comodoro VGM Rubén Gustavo Zini, lo recuerda con emoción: cuando empezó la guerra, Rinke tenía apenas un año de experiencia como piloto del A-4B Skyhawk, cuando para lograr una buena formación suelen pedirse tres o cuatro años.
Zini destaca que sus condiciones personales, su serenidad y su templanza lo convirtieron en un excelente piloto. “Tuvo siempre la claridad para resolver situaciones críticas”, dice. Y Cachón lo resumió así: estar en el Grupo 5 de Caza era lo mejor que podía pasarle a un profesional.
Carlos Cachón, teniente primero en 1982 y autor del ataque que hundió al buque de desembarco y logística Sir Galahad, lo describe sin vueltas: “Rinke fue una persona excepcional, no había forma de no quererlo”. Era músico, piloto de primerísimo nivel, camarada siempre dispuesto. “Era alguien del más allá, no existe otro así”.
Cachón recuerda que compartió escuadrillas con él en el ataque a Bahía Agradable. “Él era mi número dos, miraba por el espejo, a la izquierda, y lo tenía ahí, a la vista”. No es un detalle menor: en la cabina, la confianza se mide en segundos, en radios y en saber que el compañero está donde tiene que estar.
Otro halcón, Daniel Eduardo Gálvez, lo resume con una imagen que huele a motor y a guerra: “Hablar de ‘Palo’ como piloto de combate es evocar la audacia, el coraje y ese rugir de los motores que marcó nuestras vidas para siempre”. Para Gálvez, volar con él era la certeza de que el cielo estaba protegido.
Rinke participó en varias misiones y, en tres de ellas, golpeó duro a la flota británica. El 23 de mayo, en una escuadrilla con el capitán Pablo Carballo, el alférez Hugo Gómez y Luciano Guadagnini, atacaron la fragata HMS Antelope. Una de las bombas se alojó en el interior del buque y explotó horas después, por la noche, hundiéndolo.
Zini recuerda el lado amargo: “Él se salva, pero su jefe, Guadagnini, queda”. Rinke decía que volver solo, sin un integrante de la cuadrilla, produce un dolor tremendo. Es la otra cara de la medalla: la gloria no se lleva entera, siempre deja una marca que no se puede explicar del todo.
El 25 de mayo, Rinke despegó de Río Gallegos, base de los Halcones, en otra misión que haría historia. Ahí se cruzan la técnica, el valor y la suerte: no todos los días un piloto con un año de vuelo termina en el centro de la memoria. La despedida llega con el peso de una carrera que se midió en misiones, en radio y en la confianza de los que volaron a su lado.