El plan de choque que ilusionaba a los más duros del sindicalismo argentino se enfrió antes de arrancar. La CGT, junto con las dos CTA, descartó el esquema de paros sectoriales y rotativos inspirado en las protestas francesas contra Emmanuel Macron y acordó en cambio una agenda de movilizaciones, asambleas y volanteadas que arranca el 22 de julio con una marcha ante el Congreso en apoyo a los jubilados.
La propuesta del “modelo francés” había llegado de la mano de la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte (CATT). Sus referentes, Juan Carlos Schmid y Juan Pablo Brey, argumentaban que una sucesión de huelgas alternadas en sectores clave podría sostener el conflicto durante meses sin que cada trabajador perdiera semanas enteras de salario. La lógica era seductora. La realidad, menos.
“No hay clima”, confesó un jefe gremial. “Ahora, en las empresas y en las fábricas la gente está con la cabeza en el Mundial y cuando termine tampoco tenemos muchas garantías de que acaten los paros que van a afectar su bolsillo o que puedan poner en riesgo su fuente de trabajo.” Una admisión que dice mucho sobre el estado real de la relación entre las conducciones sindicales y sus propias bases.
El giro pragmático fue aceptado incluso por los sectores más combativos. La agenda aprobada incluye la marcha del 22 de julio ante el Congreso, una movilización de San Cayetano el 7 de agosto, una concentración ante el Ministerio de Economía en rechazo al endeudamiento familiar, participación en la Semana Social de la Iglesia en septiembre y una marcha por el Día de la Industria. En noviembre, la agenda incluye acciones vinculadas a la visita del papa León XIV a la Argentina y una movilización cuando se convoque el próximo Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil.
La jugada más audaz del plan es intentar “capitalizar” la visita del Papa: la idea es que la recorrida de León XIV por Buenos Aires se acerque lo más posible al edificio de la CGT, donde esperarían columnas de dirigentes y trabajadores buscando alguna señal que pueda leerse como un respaldo a los reclamos sindicales. Una apuesta simbólica que revela cuánto necesita el movimiento obrero de oxígeno externo.
El plan también contempla encuentros con entidades empresariales del interior para consensuar medidas en común, presentándose ambos sectores como “víctimas del modelo Milei”, y la presencia de 15 a 20 dirigentes por gremio para acompañar conflictos específicos en empresas del AMBA y del interior del país. Al fondo del cronograma, como objetivo final, asoma un paro general de 24 o 36 horas combinado con una gran marcha federal que uniría Córdoba, Rosario y Buenos Aires. Ese es el horizonte. Lo que queda por ver es si la calle, cuando llegue el momento, responde.