Un hito que no es menor. Entre Ríos exportó por primera vez harina de soja genéticamente no modificada desde Concepción del Uruguay, en una operación que combina cooperativismo, tecnología y acceso a mercados internacionales que cada vez exigen más trazabilidad y garantías sobre lo que consumen.
El negocio lo articularon tres actores clave: la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA), la empresa Entre Ríos Crushing y la cooperativa danesa DLG Agro. Una alianza que cruza el Atlántico y pone a la provincia en el mapa de un segmento de mercado con demanda creciente, especialmente en Europa, donde los consumidores y las regulaciones aprietan cada vez más el cerco sobre los organismos genéticamente modificados.
El producto no salió al mundo de cualquier manera: fue comercializado bajo dos certificaciones internacionales de peso. La RTRS (Round Table on Responsible Soy), que garantiza producción responsable y sostenible de soja, y la GMP+, un estándar europeo de seguridad en la cadena de alimentación animal. Dos sellos que no se consiguen de un día para el otro y que abren puertas que sin ellos permanecen cerradas.
El dato no es solo un logro comercial. Es una señal sobre hacia dónde puede ir la producción agroindustrial entrerriana si apuesta a la diferenciación. Mientras la soja convencional compite en un mercado masivo donde el precio lo define el mundo, la soja no modificada genéticamente apunta a nichos que pagan más y que valoran exactamente lo que la provincia tiene: capacidad productiva con posibilidad de certificar origen y proceso.
Concepción del Uruguay se convierte así en el punto de partida de una exportación que podría marcar un camino. El desafío ahora es sostener el volumen, mantener las certificaciones y consolidar la relación comercial con el mercado europeo. La primera vez siempre es la más difícil.