Una multitud silenciosa acompañó este miércoles el último adiós al Dr. Julio Federik, el abogado que supo combinar como pocos la pasión por la justicia y las letras. En el cementerio de Paraná, las lágrimas se mezclaron con anécdotas de quien fue mucho más que un penalista: un maestro, un poeta y una figura irrepetible de la cultura entrerriana.
¿Cuántos abogados pueden presumir de haber defendido causas imposibles en los tribunales y, al mismo tiempo, haber emocionado con versos en las noches culturales de la ciudad? Federik era de esa estirpe única que ya no se ve. Sus alegatos eran piezas literarias y sus poemas, defensas apasionadas de la condición humana.
Los que lo conocieron recuerdan a un hombre de convicciones férreas y corazón generoso. En las aulas de la Facultad de Derecho, formó a cientos de estudiantes que hoy ejercen la profesión con el sello de su enseñanza. En los juzgados, su presencia imponía respeto hasta en los adversarios más duros.
Pero Federik también era el tipo que se quedaba hasta tarde en las presentaciones de libros, que conocía de memoria a Borges y a Cortázar, y que podía recitar sus propios versos con la misma pasión con la que defendía a un cliente. Esa dualidad lo convertía en una figura magnética, de esas que marcan época.
Los homenajes llegaron desde todos los rincones de la provincia. Colegas del foro, ex alumnos, escritores y funcionarios judiciales coincidieron en destacar su integridad profesional y su compromiso con la cultura. Era, según muchos, el último representante de una generación de intelectuales que veía en el derecho una herramienta de transformación social.
Su partida deja un vacío difícil de llenar en los pasillos de Tribunales y en las tertulias literarias de la capital entrerriana. Federik se va, pero quedan sus enseñanzas, sus libros y el recuerdo de un hombre que nunca separó la justicia de la belleza.