20.9 C
Paraná
jueves, octubre 1, 2020
  • Cultura
  • Nosotros
Más

    Skliar le saca lustre a una caja de microscópicas memorias

    Una interesante experiencia lectora significa vérselas con las 148 páginas de “Los mares de la infancia”, de Carlos Skliar, libro recientemente publicado por la Editorial Fundación La Hendija, como parte de la colección “De luz y locura”.

     

    Víctor Fleitas / [email protected]

     

    El libro “Los mares de la infancia” está integrado por 33 relatos breves en los que la condición humana queda expuesta en toda su paradojal fragilidad, en base a situaciones cotidianas, corrientes, construidos con un estilo que esquiva la tentación admonitoria. La narrativa está resuelta de una manera que, además, empuja al destinatario a desovillar dentro de sí la aventura de la introspección y el regreso a situaciones que pensó olvidadas, en tiempos en que la cultura imperante nos empuja a un hacer muchas veces irreflexivo.

    Por cierto, Skliar cuenta con una tangible obra poética, a la que ahora se agrega este muy bien presentado trabajo editado en Paraná. Pero, dado que es mucho más conocido como docente e investigador universitario, como conferencista y ensayista en temas vinculados a la educación, la literatura y la filosofía, tal vez convenga advertir que el tono, el estilo, la métrica y el objetivo de “Los mares de la infancia” no tiene contacto con los tradicionales formatos académicos en los que Skliar se ha destacado: no contienen análisis, diagnósticos ni propuestas, no problematizan ni conjeturan.

    Aquí, Skliar deja que tome vuelo su condición de narrador, abandona las certidumbres del elogio o la crítica y, aplica técnicas mixtas para recrear escenarios y situaciones que aborda con la minuciosidad del óleo, la sutileza del grafito o la evanescencia colorida de la acuarela, según corresponda.

     

    DESPLAZAMIENTOS.

    No es la única operación simbólica que ocurre. Cambia el lugar del enunciador, también. En las historias que dan sustancia a “Los mares de la infancia”, la referencia de los pergaminos eruditos de Skliar se volatilizan, se vuelven anónimos, pierden densidad y resulta que, entonces, los personajes y sus circunstancias, la red de sentido a la que se integran, deben emprender por sí mismas la defensa de lo que contienen; deben vérselas solas ante el desafío de conmover o transportar, sin el auxilio de la culta autoridad que suele rodear a este tipo de autores.

    De ese modo, Skliar no tiene otra alternativa que aceptar que el lector evalúe lo producido abstrayéndose de su valorado desempeño en las tierras agrestes de las ciencias sociales.

    La escritura propuesta redefine asimismo el lugar del destinatario, al que se le convida el protagonismo de asignarle sentido a los relatos con la llave maestra de la propia experiencia. En efecto, los textos no lucen tan preocupados por proveer una acción dramática sustantiva que active el nervio del interés y organice la historia, como por describir y retratar gestos, sentires, oficios, espacios y actitudes, formas del existir, maneras de vincularse con el entorno y tramitar las identidades en ebullición, de una manera tal que moviliza al ejercicio impar de la memoria.

    Se subraya ese valor de reconexión sensorial y experiencial que se promueve porque atenta -saludablemente- contra la naturalización de lo dado, a lo que muchas veces se colabora cada vez que se evita advertir la secreta complejidad que late en lo simple, en lo presuntamente menor. La cadena de cavilaciones que confluye en una decisión aparentemente anodina, la maraña de abismos emocionales y psicológicos que deben superarse para dar un paso elemental o trascendente, la serie de determinaciones significantes que deben operar de manera sucesiva o sincrónica para que algo finalmente ocurra, los modos en que se entraman los estados de conciencia y las instancias diarias del existir se manifiestan en dosis variables en estos relatos, de una manera tal que lo cotidiano abandona el estatuto del lugar común y la rutina instrumental.

     

    RECUPERADOS.

    No se vuelven instantes mágicos por ello, no mutan de trágicos a encantadores ni son necesariamente menos dolorosos, pero en el desgranado le permiten al lector regresar a sus habitaciones interiores, recorrer su organización con mirada extranjera, tomar mejor conciencia de la ubicación de cada objeto sensible en la disposición general y entender mejor los porqués, los cómos, los con quiénes, los cuándos.

    En “Los mares de la infancia”, Skliar se dedica a regar el almácigo escritural para que se vuelva evidente ese método consistente en mirar con profundidad aquello que parece condenado a la invisibilidad y, al hacerlo, siembra en el destinatario la semilla de una observación más atenta a los detalles.

    Esa exaltación de aquello meritorio que se aligera en el carácter cotidiano de personas, situaciones y sitios en los que sin embargo se inscribe deriva en estrategia narrativa y en estructura de los relatos.

    En el primer caso, las historias implican un juego de seducción que procura captar la atención del lector. Entrañan, de hecho, una invitación a dejarse guiar por estos senderos selváticos: para disfrutar de lo que está siendo narrado, el destinatario debe emprender un viaje insondable, establecer diálogos con paisajes y aromas familiares y aceptar que se perderá en los enigmas de la evocación, si es que lo moviliza la idea de encontrarse. Así las cosas, Skliar le propone al lector dejar que la memoria lo conduzca con los ojos cerrados y, como premio a esa confianza, le regala finales sorpresivos.

     

    ORGANIZACIÓN.

    Esta premisa, asimismo, se manifiesta en una estructura del relato en la que el desenlace y el remate cotizan menos que el viaje que hasta allí los condujo. Es como sucede en esas ruedas de amigos en las que la habilidad del contar se manifiesta en la aptitud de combinar recursos literarios con vistas a sostener la intriga o la expectativa.

    Es cierto, no se trata de relatos autobiográficos, pero sí se advierte en lo que se narra la presencia de la propia huella vital de Skliar: la experiencia del mar y del amar, del mentir y también del sostener contra toda conveniencia; postales de un tiempo en fuga como el que ha encapsulado a los vendedores a domicilio o terroríficas como las de la última dictadura cívico-militar; la memoria perdida y los recuerdos recuperados; y los vericuetos de la inteligibilidad que se resuelven deambulando entre libros, lecturas y afectos. En fin, como se ha dicho, “Los mares de la infancia” es una aventura que vale la pena emprender.

     

    Lo más leído