La valentía de reconocer el miedo para rendir mejor

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El miedo es una emoción que culturalmente tiene una connotación negativa.

Si utilizamos al miedo como aliado, potenciará convincentemente nuestro rendimiento. Cuando nos enfrentamos a una situación, el hecho de reconocer nuestras fortalezas y limitaciones amplía las posibilidades de ser más efectivos y resolutivos.

 

Por Carlos A. Sosa

 

Me quedó grabado desde muy pequeño, a los doce años aproximadamente, la firmeza en una charla técnica de nuestros entrenadores de fútbol –previo a la final de un campeonato que estábamos disputando– cuando se referían al miedo para jugar. Ellos nos transmitían, hasta con cierto enojo, que no podíamos tener miedo, que eso era de cobardes.

Tener miedo era para los débiles; nos decían que nunca ganaríamos nada en la vida si actuábamos con miedo. Es decir, que nosotros, con apenas doce años, escuchábamos, obedecíamos a la autoridad que nos conducía en ese momento –que, por cierto, queríamos y apreciábamos mucho– en este punto. Estos estimados entrenadores nos estaban requiriendo algo que, para nosotros, en aquel momento, era imposible de hacer o manejar, previo a una final, como negar u ocultar el miedo. Nos hemos criado con una mala idea o falsa creencia de que el miedo es algo que nos hace menos hombres. En aquel contexto, de los ochenta, nuestros referentes no contaban con los avances científicos que desde hace un tiempo existen relacionados con la inteligencia emocional ni con el aporte que trajeron disciplinas como las neurociencias y el coaching.

 

Los juicios infundados sobre el miedo

El miedo es una emoción que culturalmente tiene una connotación negativa. Existen creencias limitantes en cuanto a la importancia de su función, socialmente reconocer la existencia de miedo es sinónimo de vulnerabilidad. Las emociones cambian la forma en que vemos el mundo y cómo interpretamos las acciones de los demás.

A decir del Dr. Norberto Levy (2000), el miedo es una valiosísima señal que indica una desproporción entre la amenaza a la que nos enfrentamos y los recursos con que contamos para resolverla. Sin embargo, nuestra confusión e ignorancia lo han convertido en una “emoción negativa” que debe ser eliminada.

Otras formas del desconocimiento y la descalificación se expresa en las populares frases: “¡Hay que vencer el miedo!; ¡No seas cobarde, no tengas miedo!; ¡El miedo es signo de debilidad!; ¡Los hombres no tienen miedo!”, etc. Al miedo se lo emparenta ignorantemente, en ocasiones, con la cobardía. De ahí surgen los repetidos consejos: “¡No le des importancia a ese miedo!; ¡Olvidate del miedo…!; ¡El miedo es mal consejero!”, etc. Tales recomendaciones se apoyan en la creencia de que el aspecto miedoso “nunca haría nada”, que es así por naturaleza y que no va a cambiar.

Se trata de una creencia completamente errónea y que hace mucho daño al aspecto temeroso. Por lo tanto, deja sus secuelas perturbadoras; podemos “hacer que no lo escuchamos”, pero él sigue ahí, cada vez más descalificado y asustado porque le sucede lo peor que puede ocurrirle al aspecto miedoso: no ser escuchado.

 

¿Qué debemos aprender del miedo?

Si utilizamos al miedo como socio o aliado nos potenciará convincentemente en el rendimiento. Cuando nos enfrentamos a una situación –rendir un examen, presentar un informe, ejecutar una conversación compleja o jugar un partido de fútbol contra un duro rival–, el hecho de reconocer nuestras fortalezas o recursos, así como los aspectos en los cuales debemos mejorar, y evidenciarlo en nuestro oponente o situación, amplía las posibilidades de ser más efectivo y resolutivo.

El miedo es la sensación de nerviosismo que se produce ante la percepción de una amenaza. Es importante aclarar que no existe algo que sea en sí mismo una amenaza. Siempre lo es para alguien, y depende de los recursos que ese alguien tenga para enfrentarla. La amenaza puede ser física o emocional, pero es significativo aclarar que el miedo no es el problema. El miedo está indicando que existe un problema, lo cual es completamente distinto.

Las emociones cambian la forma en que vemos el mundo y cómo interpretamos las acciones de los demás.

Competencias y actitudes de rendimiento

 

Las emociones son movimientos hacia afuera, tienen signos externos que las tornan reconocibles, pero muchas de sus características distintivas se dan en el interior del cuerpo y luego se reflejan a nivel cognitivo, y así se transforman en sentimientos. Las competencias o actitudes tienen que ver con características de la personalidad puestas de manifiesto en el ámbito laboral. Una de las actitudes más requeridas en nuestra actualidad –en el ámbito laboral y profesional–, que además se fomenta  por el ritmo de vida que llevamos y las exigencias que soportamos, está relacionada con el manejo de la “tolerancia a la presión”.

Esta competencia significa que las personas deben continuar actuando eficazmente a pesar de las altas demandas, contextos y desafíos exigentes que se presenten. La misma tiene relación directa, entre otras emociones, con la gestión funcional del miedo. Esto significa que si logramos vincular la información que nos brinda la emoción miedo frente a los nuevos retos y requerimientos del contexto que se nos formule, seremos muy asertivos para poder continuar operando efectivamente. Lo primero que debemos realizar es trazar una línea divisoria entre la situación o desafío y nuestra persona.

Ante un nuevo reto u obligación exigente, no está puesta en juego mi persona, la hombría de bien, quiénes somos, ni siquiera nuestra trayectoria. Esto significa separar a la persona del rol que está desempeñando. La persona es el sujeto; el rol se desarrolla para cumplir una actividad y tiene una base técnica y emocional. Nuestros miedos paralizadores de fondo se comienzan a moderar cuando los hacemos conscientes. Entonces pasamos de la emoción miedo al sentimiento miedo. En ese trayecto, intervino la corteza o lóbulos prefrontales para graduar dicha emoción inicial.

Para poder manejar y tolerar las presiones, nuestro principal socio debería ser el miedo. En este sentido, deberé analizar los niveles de amenazas y los recursos que poseo para hacerles frente. Una forma inteligente (consciente) de manejar el miedo es reconocer las propias fortalezas y limitaciones; aquí lo simple es contundente, muchas veces menos termina siendo más.

Es de personas inteligentes saber pedir ayuda o dejarse ayudar; los grandes estrategas que soportan altas presiones comparten sus miedos para calmar la fiera que llora por dentro. Es decir, hay que “horizontalizar” el miedo para compartirlo en equipo, lo cual no significa que seamos menos, al contrario, los colaboradores se agrandan y se sienten importantes de poder ayudar a su líder.

Otro aspecto importante es calibrar el nivel de expectativas, dado que ante una nueva situación, cometemos el error de sobrestimar, luego la realidad me indica una brecha y me frustro, y esto me deja para la próxima ocasión con un miedo paralizador. Es decir, ante una nueva presión o contexto, debemos armonizar la adrenalina de las nuevas expectativas con el nivel de preocupación que le pongo al asunto en cuestión.

Para hacer operativas nuestras emociones en la vida cotidiana, retomando el manejo efectivo de la tolerancia a la presión, será clave la gestión del miedo, administración de las prioridades, determinación de objetivos consistentes y coherentes con la propia realidad y una adecuada gestión de los tiempos. En resumen, para manejar efectivamente las presiones, debemos aliarnos con el miedo, registrarlo, informarnos, no rechazarlo ni ocultarlo; para luego sumar las herramientas que nos da nuestro cerebro más consciente.

 

Actividad de transferencia

  1. ¿Qué inseguridades tenés en el ejercicio de tu liderazgo? Identificá tus tres limitaciones (área de oportunidad) más disfuncionales.
  2. ¿Cuánto tus creencias alimentan tus miedos?

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  1. Como líder, ¿cuánto reconocés de manera privada (con vos mismo) tus miedos?

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  1. Como líder, ¿cuánto reconocés públicamente (con tu equipo) tus miedos?

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  1. En tu gestión como líder, ¿has logrado convertir un aspecto inseguro en una fortaleza?

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Sobre el autor

Carlos A. Sosa

Consultor de Empresas

Contador Público Nacional. Mg. Administración de Empresas.

Especialista en RRHH y Dirección de Negocios. Pos título de Neurociencias.

Coach Ontológico. Neuroliderazgo.

www.sosayasociados.com