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jueves, diciembre 1, 2022
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    La gallina de los huevos de chocolate

    HUMOR / A propósito del mes de la niñez

     

    Por Julieta Mazzoni

     

    Para quienes tuvimos infancia entre finales de los 80 y la década del 90, las cosas eran bastante predecibles: los perros se llamarían Tomy, Toby, Firulais o Beethoven, claro. Al menos una vez antes de los 10 años los varones tuvieron corte pelela. Al menos una vez las chicas estampamos la cara en una vidriera que tenía las sandalias plásticas de Xuxa.

    No había demasiadas variables. Todos a las cinco íbamos a ver los Halcones Galácticos tomando leche con Toddy y acto seguido íbamos a terminar trepando algún árbol propio o ajeno. Y aunque jugar nos pareciera un rito silencioso, a la hora de la siesta, la madre o el vecino nos iban a hacer saber que no lo era.

    Si trazáramos un paralelo con las infancias de ahora, veríamos que la previsibilidad se convirtió en un multiverso de opciones, tan variadas como variados son los niños. De enganchar canal 13 con la antena, hubo un salto enorme a Netflix, Youtube, y televisión digital . Los gurises no conocen lo que es esperar a que llegue la hora de los Thundercats. Simplemente, mientras haya conectividad, están ahí.

    ¿Y los juguetes? En mi época si tenías una Barbie era una sola y la manteníamos inmaculada. Aunque hay que decir, las más rebeldes les cortaban el pelo. O eran los hermanos rebeldes de las niñas con Barbie quienes se encargaban de eso. Las Duravit ya venían de generaciones pasadas y permanecían intactas, podían correr carreras kilométricas tiradas de una piola y después sostener algún chasis de un camión con la cubierta desinflada.

    Ahora la variedad de juguetes te atormenta hasta en los sueños. Con viento a favor comprás ese que venían pidiendo para navidad y que te costó un riñón. Resultó que era el otro, etiqueta verde, o de la otra peli, o de la play 4, ya no sé. Y lo peor, cuanto más caro, resulta más rompible. Es ley.

    Sin embargo, aunque parezca que las infancias son profundamente disímiles, debo decir, he encontrado una cosa en común: la pasión por el huevo Kinder.

    En nuestra época teníamos una profunda conciencia sobre lo que costaba un Kinder. En el súper se le daba un lugar privilegiado, primera góndola cabecera, prolijamente ordenado en la huevera. El color naranja del envoltorio encendiéndose hacia arriba hasta desvanecer, como una llamarada.

    Y nosotros 50 cm más abajo del estante, teníamos perfectamente calculado el punto donde nos daba el ángulo certero para mirar el huevo y mirar a la madre que permanecía en la cola de la caja, y repetir el ejercicio esta vez con cara de perro mojado, intentando que sin nombrarlo supiera de nuestro deseo. Algunos gurises, los más osados, inflaban el pecho y soltaban: ¿me comprás un huevo?

    Y, previsiblemente también, la respuesta iba a ser no. Claro, era un dólar. ¿Quién en su sano juicio se gastaría un dólar en un chocolatito?

    Hoy llegar a la góndola del famoso huevo es un momento crucial en la salida al súper. Los niños también conocen de memoria dónde los ubican y antes de llegar a la zona ya tiran unos rayos localizadores. La fila avanza y el corazón se acelera.

    Entonces la escena comienza.

    mami comprame un huevo

    mami comprame un huevo mami dale mami

    un huevo mami dale por favor mami dale uno mami

    Entonces mami se ausenta mentalmente de la escena, así como todos los padres sabemos hacer, y escucho un murmullo insistente, mientras calculo si no me falta nada, si tengo saldo en la tarjeta de débito, si traje bolsa. Vuelvo a la realidad y el murmullo sigue.

    Ahí es cuando tiro una respuesta:

    -No.

    Cuando yo era niña, un no de mi madre era un no y no se discutía.

    Pero parece que para las nuevas generaciones, un No es un activador de sublevación.

    En ese momento descienden las aptitudes actorales de Andrea del Boca y se produce una escena memorable de la que todos los clientes son espectadores.

    Ahora el ángulo certero lo medimos para hacer callar al niño sin que nos juzgue el público, moviendo la boca lo menos posible para emitir un apretado pero consistente “callate, callate te dije”. Los más valientes compran el huevo para evitar el berrinche infantil y luego lloran en su casa lo caro que les salió. Consuelo de pavo, esperan que al menos el juguete no sea tan malo. Y, ¡sorpresa! Lo es.

    Un día y casi sin darnos cuenta pasamos de las ganas de tener un Kinder a las ganas de no tener que comprarlo. Y claro, vale un dólar. ¿Quién en su sano juicio gastaría un dólar en un chocolatito?

    El multiverso se reduce. Las cosas son bastante predecibles.

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