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miércoles, septiembre 23, 2020
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    Parque encantado

    En agosto se cumplen cien años del Parque Gazzano, de Paraná.

     

    COLABORACIÓN / María Rosa Gianello (*)

     

    Amador y plantador de árboles, el primer ecologista de Paraná. Así caracterizaba a José Gazzano su nieta, la escritora Amanda Mayor en una entrevista que diera a un medio de la capital entrerriana allá por el año 2002 en ocasión de hallarse investigando para escribir la biografía de su abuelo. Pasó mucha agua bajo el puente, no el de piedra que recuerda Amanda, sino el puente de la memoria.

    Comienza agosto de 2020 y la pandemia mundial nos encuentra en otras circunstancias, recordándonos que no habrá vacuna salvadora, si no dejamos de destruir el gran ser del que somos parte, la naturaleza.

    Agosto de 2020 es el mes en el que se cumplen cien años del Parque José Gazzano, ubicado en la zona sur de la ciudad. Cien años sumando las décadas en las que su dueño lo abría al disfrute de los habitantes de esos tiempos añorados. ¿Podríamos imaginar hoy a alguien en esta ciudad abrir su espacio privado? Difícil.

    Único pulmón verde de la zona, sigue integrando en su seno a especies de árboles invasores y algunos autóctonos, dos viejos aljibes, un antiguo casco y muchas plantas, arbustos y flores. Motivo de distintas tesis sobre su flora y su fauna, sigue atrayendo no sólo visitantes sino a jóvenes que se acercan con sus bicicletas a gozar de la  preciada  paz que ofrece sin pedir nada a cambio.

     

    REMEMORAR

    Nunca más propicia la ocasión entonces, para recordar lo sucedido hace escasos meses atrás. Sucedió el 3 de febrero de 2020 cuando se cumplían 168 años de la Batalla de Caseros.

    Invitados por los Amigos del Parque, en tempranas horas de la tarde los vecinos empezaron a llegar portando sillones, termos de jugo, equipos de mates, galletitas  y algún tejido en dos agujas.

    Los pintores Miguel Pastrana y Sergio Damonte ubicaron sus caballetes, justo delante del humilde busto que la familia Gazzano le hiciera a don José honrando su legado. Un vecino funcionario había hecho las gestiones para acercar los tablones. A las cinco comenzaba la clase de pintura. Los niños estaban ansiosos, acompañados de sus madres, rodeaban a los artistas con sus brazos. Lole Rodríguez y otros miembros de la Biblioteca Caminantes aportaban banderines y adornos al playón central.

    María entraba en su camioneta pasadas las seis en compañía de Walter Arostegui. Traían todo el arsenal para el sonido. Un cuidador con dificultades en el habla le indicaba dónde dejar el vehículo. Demoraron porque faltaban unos cables y se vieron obligados a desviarse en el recorrido. La alta temperatura no mermaba. Los recibía Walter Vittori, director del predio, a la vez que unos hombres ayudaban bajando consola, parlantes, micrófonos y cables. Todo prestado por Teatro del Bardo.

    Los paseantes aguardaban el espectáculo, ese que habían anunciado en la televisión y en los diarios, el mismo que hace décadas no veían en el barrio. Parecían dichosos y una podía confundirlos con los personajes de un corto cinematográfico.

    Se trataba del corolario de un año de lucha de los Amigos del Parque Gazzano para defender el predio de su abandono sistemático en décadas de Administración Pública. El motivo del encuentro era comenzar a festejar el Centenario del Parque y seguir pidiendo por su recuperación.

    El dueño del carrito situado frente a la calle observaba expectante, vendería más de lo habitual en esa jornada. Los pequeños, concentrados en las pinturas que dirigían Sergio y Roberto hacían un festín de colores con sus manos. Había juguetes, niños, adolescentes con sus bicicletas y adultos mayores que admiraban el paisaje, ese mismo que ideara alguna vez don José. Probablemente anduviera por allí a las carcajadas. Aparecieron los voluntarios para inflar los globos, entre los que podía verse a Santiago Halle, funcionario municipal; mientras Gabriel, hijo del director, se acercaba con un compresor para que la inflada sea más rápida. La decoración pretendía hermosear árboles y palmeras.

    Minutos antes se había presentado en el lugar acompañada por su pequeña hija, la viceintendente Andrea Zoff; de perfil bajo,  se fundía con la multitud. También estaba el exconcejal Enrique Ríos con su esposa, tenaz promotor de los espacios verdes y con cuya colaboración permanente contara el grupo de Amigos del Parque.

    El escenario se parecía a una típica plaza argentina, los jóvenes sacaban fotos y las tortas fritas eran devoradas por los más chicos. Un lagrimón rodaba por las mejillas de un vecino mayor, recordando tiempos pasados.

     

    LA JORNADA

    Rápidamente Walter y sus ayudantes instalaron el sonido. Hubo reencuentros, miradas y abrazos. Micrófono en mano presentaba el evento: se trataba de un convite a los vecinos, contundente y sin dobles mensajes. ¿Palabras? Sólo las necesarias.

    Al anochecer se presentaron los cantores y músicos: María Silva invocó  a los duendes refiriéndose a la madre naturaleza. Reinó el silencio como muestra de reconocimiento, solamente alterado por unos niños jugando en el improvisado escenario. Silvia, una de las organizadoras buscaba una silla para el guitarrista Pico Rubio, mientras Alfredo Arce preparaba su instrumento.

    Otra de las anfitrionas leía después una poesía de Amanda. Una de las gestiones municipales supo rendirle a la poeta un austero homenaje. Recordatorio éste que no pudo sostenerse en el tiempo; a juzgar por la descuidada placita que lleva su nombre en un sector del Parque.

    Muchos apoyaron la convocatoria: vecinalistas, ambientalistas, organizaciones como La Caminantes, Radio Comunitaria Barriletes a través de Alicia Cidín, la Asamblea Ciudadana Vecinalista, la Unión de Entidades Vecinales de Entre Ríos, personal de Sidecreer con sus donaciones, vecinales cercanas, teatreros, fotógrafos, periodistas, canales de TV, niños, familiares y muchos amigos de los organizadores.

    Minutos después Marisa Grassi invitaba a improvisar unos pasos de tango, obteniendo como respuesta el ingreso de varios aprendices al playón, para escuchar sus enseñanzas. No faltaron los giros del dos por cuatro de fanáticos de esta danza, mientras las cámaras de canal Once plasmaban en imágenes y testimonios lo acontecido.

    Los pintores Pastrana y Damonte se despidieron temprano reintegrando las temperas sobrantes donadas por SIDECREER y ofreciéndose para repetir la clase libre y gratuita de pintura a los niños. Los dos vestían de azul, quizá llamando  algún gnomo que de un soplo devolviera al gentío el amor por la naturaleza, o dicho de otro modo, que nos hiciera recuperar el amor por nosotros mismos.

    Los organizadores albergan esperanzas; es que les han prometido trabajar por la  recuperación del Parque.

    Alfredo Manfroni también quiso sumar su generoso aporte. Dejó con su lente, fiel testimonio del encuentro recordando que cuando el pueblo quiere, encuentra la forma de expresarse. Su ojo de artista retrató facetas de una fiesta colorida y singular.

    Cerca de las 21.30 se indicaba a la multitud que el encuentro había terminado. Pero todavía quedaba la yapa. De modo improvisado se acercaron unos percusionistas abriendo más puertas imaginarias para alargar el disfrute. Un febril sonido de tambores recordó que todo lo deseado existe y está dentro de nosotros. Los asistentes perezosos atrasaron el levantarse de sus sillas, probablemente por temor a que se rompiera el embrujo de este sitio que Amanda Mayor nombrara magistralmente “El lago encantado”.

     

    (*): Integrante de la Asociación Amigos del Parque Gazzano.

     

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