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miércoles, agosto 5, 2020
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    Carbó, semaforizada, borde de una vecindad entrañable

    Colectora de tránsito céntrico y portón de entrada a distintos barrios, Enrique Carbó es una calle que empieza titubeante, similar a su antecesora Paraguay, y termina de manera abrupta, en una especie de cascada vial, en Avenida Ramírez.

     

    Víctor Fleitas / [email protected]

     

    Para el caminante desprevenido, Carbó es una calle más que debe cruzarse con los sentidos en alerta, pese a los infaltables semáforos.

    La primera impresión con la que cualquiera se topa al recorrerla es que varía el ancho de las veredas desde su zona cero, en el cruce con San Martín, hasta su área de desplume, en la intersección con Avenida Ramírez, y también el número de carriles sobre el pavimento flexible.

    Al paseante promedio -ese que la elige porque sí- probablemente se le presente soleada, abierta, aunque en la misma proporción algo inexpresiva.

    Es también una frontera entre el centro y lo que va dejando de serlo, tal como ocurre con La Rioja al este, Colón-Gardel-Alameda de la Federación al norte y Córdoba al oeste.

    Para el conductor es un pasadizo de escape de esa paranoia cuya columna vertebral es la Peatonal, una especie de limbo de bocinazos y nerviosismo todavía, de tranco apurado, de huida a como dé lugar acaso de eso que somos pero nos resistimos a aceptar.

    Hay otra circulación, más micro, vecinal, poco percibida probablemente. Lo que sucede es que los ciudadanos a los que este secreto les fue revelado son gente reservada: invierten el tiempo en aquello que vale la pena, andan por la vida identificando personas por los lazos familiares que establecen a partir de los apellidos y apenas registran la red vincular de la que emergen sus interlocutores se desgranan en preguntas sobre la salud, las ocupaciones, las residencias actuales, los proyectos afectivos, las eventuales descendencias.

    Cuando salen de esa dimensión de ajetreado bullicio que es Carbó, no hacen caso a los reproches del cardumen: saben que entran a una atmósfera de casas generalmente unifamiliares, de vecinos que se conocen por el nombre, de la charla sin apuros en la puerta, del cuidado hacia los mayores, del abastecimiento diario en el lugar de costumbre.

    Por momentos, estas pequeñas comunidades parecen habitar la ciudad de cemento con costumbres del ripio o el suelo natural, se resisten tanto a la despersonificación reinante como a la construcción de edificios en altura y están dispuestos a argumentar a favor de que existir en buena medida es construir y mantener activo el panal. Para ellos Carbó no es más que una referencia, esa entidad inevitable de la que conviene salir a tiempo.

    Dos edificios monumentales dan carácter a Carbó: el de la Casa de la Cultura y el de la Escuela Belgrano. Foto: Gustavo Cabral

     

    PLACEROS

    En medio de esa vertiginosa correntada automotor, la plaza Sáenz Peña opera como un estuario: Carbó estira allí un fuelle de prosaica trascendencia hasta abrazar un hormiguero de gente diversa que camina y conversa; se pregunta si alguna vez volverá a pasar el colectivo; mira a los niños crecer mientras juegan o bicicletean; reza, se arrepiente y promete como parte de un ciclo continuo; se pregunta bajo la pérgola por el sentido de la vida mientras admira la esperanza insolente de un brote que va abriéndose paso; acuerda andar juntos, reprocha y rompe relaciones; lanza un balde de cemento, cuatro de arena y uno de agua en la hormigonera con la que un viejo cine se transformará en centro cultural.

    Antes, hacia sus orígenes, Carbó es una calle de barrio más con un tránsito de avenida. A cualquier hora del día encontrar dónde estacionar en ese tramo es un evento excepcional, poco visto. En esas tres primeras cuadras, el apuro por aprovechar la onda verde no siempre le permite a los conductores admirar el perfil constructivo de unas casas que cuentan historias de otra época, en la que médicos, abogados y comerciantes prósperos se afincaron en ese borde céntrico para forjar sueños de familiar progreso. Sobresale en esa arquitectura sencilla y puntillosa, la estatura de la actual Casa de la Cultura y, frente a ella, la histórica escuela Belgrano.

    La plaza Sáenz Peña, pulmón de una amplia zona en torno a Carbó. Foto: Gustavo Cabral

    ESTACIÓN FINAL

    Luego de la Plaza Sáenz Peña, en horarios pico, Carbó es un tsunami vehicular de aceleradas y frenadas, gobernado por una combinación esquinera de verdes, amarillos y rojos. Particularidad del uso y la costumbre paranasera, en situación de tránsito es difícil discernir en esa zona entre carriles lentos y rápidos, por lo que es habitual que los más apurados vayan explorando los selváticos senderos, esquivando obstáculos, hasta dar con el supuestamente propicio.

    Es el sector lúdico de Carbó: una especie de videojuego en 3D sin reglas, en el que la habilidad de conducción, la capacidad de anticipar escenarios y la ventaja de contar con algo de suerte puede equiparar las diferencias mecánicas entre los competidores.

    Al llegar a Ramírez, Carbó se deshilacha en jirones que llevan hacia el nudo pavimentado de las Cinco Esquinas, los reinos del sur y, siguiendo por Deán J. Álvarez, la incumplida profecía del este.

    Testigo impertérrito del desguace de Carbó es la plaza Manuel Belgrano, frente al Cristo Redentor. En ese espacio verde, cuya conformación espacial remite a un trapecio escaleno, es evidente que las aves han ganado una batalla contra la presencia humana.

    En efecto, si se recorre el terreno con el cuidado que implica un campo minado, se advertirá la presencia intimidante de alados lugartenientes que, camuflados en las alturas de una arboleda añosa, custodian con precisión de francotirador que no haya centímetro cuadrado sin guano fresco, lo que ha ido espantando incluso a los amantes, que prefieren lugares menos agresivos como puntos de cariñoso encuentro.

     

    El aluvión de Carbó se disgrega en destinos difusos. Foto: Gustavo Cabral

     

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