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jueves, noviembre 26, 2020
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    Casiano Calderón, en el corazón de San Agustín

    No es sencilla la tarea de imaginar qué objetivos persiguieron los antiguos habitantes de Paraná que diseñaron Casiano Calderón, hipotenusa de un triángulo isósceles cuyos catetos son las avenidas más importantes de San Agustín: Selva de Montiel y General Galán.

     

    Víctor Fleitas / [email protected]

     

    Que se entienda bien, Casiano Calderón no es un desteñido desvío de calles nodales, aunque derive en ella el tránsito hacia el oeste de Galán, que hasta esa intersección tiene doble sentido de circulación desde Avenida Ejército.

    Casiano Calderón se convierte en un paso obligado por la presencia incólume de un cantero de hormigón, en altura, cuya capacidad de daño ningún conductor en sus cabales debiera poner en duda.

    En San Agustín, se aprende de la vida recién cuando se cae en la cuenta de la lección que encierra su trama urbana, repleta de curiosas figuras rectilíneas, regulares e irregulares, algunas cerradas, otras abiertas, integradas a circuitos donde la sangre fluye a borbotones en una esperanza de hormiguero y de empecinado sacrificio, mientras al lado nomás se pierden los pasos de quienes prefieren la callejuela solitaria, el penumbroso pasaje del salvarse solo, a como dé lugar.

    En esa constelación de cuadrados, rectángulos, triángulos, paralelogramos y trapecios, existir es en algún punto lidiar con los riesgos de filosas angulosidades y, de vez en cuando, disfrutar el reparo de una amabilidad curvilínea.

    El cantero con el que nace Casiano Calderón es además una metáfora de la inequidad que, en saltos de catarata, se manifiesta de la parte coqueta de la ciudad hacia sus barrios y se ve con claridad cuando se cae en la cuenta de que algunos vehículos cuestan más que lo que una familia invertirá en su vivienda durante un par de generaciones. En efecto, el obstáculo que obliga a tomar desde Galán hacia Casiano Calderón es un alfajor de hormigón plantado en medio del pavimento, cortado en partes desiguales por el dueño de un cuchillo impar, desapegado de todo criterio estético, pero atravesado por una cosmovisión que domina las relaciones sociales.

    La costanera sobre República de Siria suele ser parte de paseos en bicicleta. Foto: Gustavo Cabral

    CENTRALIDADES

    El origen de Casiano Calderón está implantado en una especie de centro de descentralización del centro, un oxímoron hecho de locales comerciales de distintos rubros, financieras, supermercados y sucursales bancarias. Predomina en esas latitudes el esfuerzo emprendedor, empresario, que acaso haya motorizado el amor propio de todo un gran sector que por años y, aún ahora pese a los entubamientos, fue aquello que está más allá del Antoñico.

    Por esta zona, está claro que la infraestructura pública es algo que se logra luchando, es un bien que se le arranca a una ciudad amarreta y prejuiciosa, que si concede una mejora es a desgano.

    Esas primeras cuadras de Casiano Calderón, de ancho pavimento de hormigón y arbolado diverso, gobernado por un capricho de frentistas, congrega una buena cantidad de viviendas que están hechas no sólo para refugiarse de las inclemencias sino también para disfrutar las estaciones de cada etapa de la vida.

    Por las veredas, buscan su rumbo ramilletes de vecinos. Postal reiterada: alguien hace una broma y de pronto, sin abandonar el paso decidido, los peregrinos se agitan en risas francas, de esas que obligan a mostrar los dientes y relajan el entrecejo.

    De pronto, toman por un pasadizo perpendicular y se asoman a un cerro de departamentos agrupados. “Plaza José Dechanzi”, dice el modesto cartel, aunque el espacio que está detrás suyo sea un emporio de juegos infantiles rotos o desgastados, dispersos en un terreno desparejo, ahuellado por la presencia humana, circunscripto por bancos que podrían resistir cualquier intento vándalo. Allí, en ese cubículo de predominante naturaleza, algunas familias hacen brotar una fantasía de purrete en las horas luminosas del día porque después, con la caída del sol, el paisaje se transforma peligrosamente.

    Una vista maravillosa del río asoma desde el balcón que espera en Casiano Calderón al final. Foto: Gustavo Cabral

    EN CAPAS

    Al desandar el camino, las casas lindas se irán espaciando, en lento degredé. Una primavera de viviendas confortables y comercios renacerá cerca de Selva de Montiel pero será como esos veranitos dentro el invierno que engañan a los jazmines en enredadera y los hacen florecer. Desde allí, Casiano Calderón hará un último esfuerzo para emprender la cuesta y, luego, hacia el río, la pendiente irá haciendo descender los niveles de cota y los constructivos. También la dotación de infraestructura urbana se desgastará: se multiplicarán las lagunas de agua servida, los pozos y los vados. Mientras, variará la gama de colores con la que las casitas lucen un maquillaje desgastado y, con mayor decisión, los baldíos le ganarán la partida al ladrillo, el cemento, el plástico y el metal.

    Es como si la ciudad, desde Galán, hubiera abandonado repentinamente una celebración en la que se sentía a gusto y, cenicienta, al tomar por Casiano Calderón, el sulky se le hubiera ido transformando progresivamente en calabaza de sueños postergados.

    Apenas se pasa los barrios Paraná XVI y Vicoer XI, sobreviene una de las vistas majestuosas del río Paraná. Ante esa barranca profunda, el aire huele a basura quemándose. En la ondonada hacia la Laguna Grande, una hegemonía vegetal tiñe de verde y marrón el paisaje, cuyo telón de fondo es un horizonte de plata e islas. Cada tanto, el sol hiere los ojos: rebota en techos de chapa que permanecían escondidos entre árboles y matas, allá abajo. Se intuyen, entonces, senderos desolados que deben hormiguear hasta arribar a esos refugios y se percibe recién ahí una música evanescente y machacona que los vientos ondulan, el griterío de niños que juegan y el ladrido alborotado y feliz de unos perros flacos que los siguen de cerca, se les cruzan, los hacen tropezar y matarse de la risa.

    En ese preciso momento la ciudad contempla la magnificencia del humedal; vuelve sobre sí, ausculta el entorno de desgastada urbanidad; remonta Casiano Calderón hacia sus orígenes y parece preguntarse dónde, en qué recodo de la historia se perdió el rumbo.

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