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miércoles, agosto 5, 2020
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    La barrial calle Misiones, entre bucólica y salvaje

    Fresca y tupida en verano, canturreadade pájaros en primavera y nostálgica en otoño, el invierno en calle Misiones es una sombra vacía, una ausencia que evoca y sueña.

     

    Víctor Fleitas

    [email protected]

    Será fácil ubicar a Misiones, si se sigue minuciosamente esta guía desplegada de lo general a lo particular. A ojo de buen cubero, la zona de bulevares de Paraná es un trapecio irregular cuya base mayor es la avenida Ramírez; la base menor, Sarmiento o el Antoñico, según se prefiera; mientras sus lados oblicuos están constituidos por el ferrocarril o mejor dicho Racedo y, al norte, por Moreno-Mitre. Sobre el mapa esa figura está ordenada por un cruce que explica lo que para un visitante promedio es un simple desatino: en efecto, Urquiza y San Martínejercen un papel determinante para la variación de denominaciones y de numeraciones. Pues bien, en ese mantel imaginario en la que el ancho variable y la traza caprichosa de las calles conforma unsingular cuadrillé, Misiones está ubicada en el cuadrante noreste.

    Luego de Urquiza se pasará a llamar Pascual Palma, cambio que sólo se advertirá en los desaliñadoscarteles indicadores y en alguna pendiente que puede empinarse, porqueel paisaje urbano es similar. Esa continuidad de calle de barrio atravesará el macrocentro con dirección norte-sur, será pasadizo breve que permita salvar la barrera ferroviaria y, después de un zigzagueo, más allá de Pronunciamiento, se convertirá en un portal hacia las tierras prometidas del sur.

    Pero a falta de un ordenamiento vial adecuado que, por ejemplo incluya señalética de mediano y largo alcance, Misiones (y también su deriva, Pascual Palma) no es más que una calle apropiada por tramos, muchas veces circunscripta a un uso vecinal.

    Cerca de Urquiza, aumenta la cantidad de edificios en altura pero la cantidad de plantas no afecta la luminosidad de la calle. FOTOS: Gustavo Cabral.

    LÍMITES

    Más de uno estaría tentado a pensar que Misiones nace en Nogoyá, pero lo hace en Moreno, una cuadra hacia el río. Esos cien metros iniciales viborean en el mapa como cuando un niño hace ondular una soga contra la vereda, que en ese sector tiene el ancho justo y necesario, empachada de baldosas y contrapisos, renuente a toda emergencia vegetal, que de todos modos gana puntuales batallas a partir de matas rebeldes que se filtran por entre las grietas lindantes al cordón.

    Si se supera el tránsito de Nogoyá, que baja como río de montaña, se disfruta de una Misiones que adquiere otro volumen: se amplían notablemente las veredas que ahora lucen mejor, más proporcionadas, con su alfombra de gramilla y la hilera de árboles en ambas aceras.

    Este aspecto de barrio céntrico será una constante: los paseantes son, generalmente, vecinos en procura de un mandado o una diligencia; los comercios abastecen el consumo de un radio circunscripto pero fiel; los carteros se detienen a conversar al menos unos minutos con residentes amables, que se asoman a un vestíbulo entre la reja exterior y la puerta de entrada que dejan entornada; los perros no deambulan solos, son seguidos de cerca por sus propietarios, en una mancomunión que regula distancias en base a chistidos o al llamado por sus nombres de adopción, cuando no sencillamente por un imperio de correas.

    En estas cuadras, conviven los residentes que pintan canas y cuentan anécdotas de tiempos idos, las familias jóvenes que optan por cierta tranquilidad y los inquilinos que prefieren flotar en una atmósfera de camaradería, tan distinta a la frialdad de los edificios del centro, donde hasta el saludo en el ascensor se dispensa con prurito, bajo estricto protocolo.

    No es una burbuja, por cierto, aislada de todo. Las medidas de seguridad en las residencias parecen estar dispuestas para esa hora del día en que la calle se siente desolada, cuando cualquier sombra la estremece y le acelera el paso, ya no reconoce el tono de voz de los transeúntes o la dejan de usar como playa de estacionamiento los que andan de compras o haciendo trámites.

    Desde Nogoyá, Misiones adquiere un carácter distintivo. FOTOS: Gustavo Cabral.

    UN CANAL

    La lacónica postal de Misiones se disuelve cada tanto, cuando las lluvias son abundantes y concentradas en el tiempo. Si esos planetas se alinean, el olimpo abandona la sonrisa condescendiente y recuerda de golpe que allí, por laberintos subterráneos y superficiales, la cuenca del arroyo La Santiagueña sigue buscando su destino orillero. Entonces, un río salvaje arrastra una suciedad de tierras altas, con una violencia y un caudal tal que lo más prudente es no intentar cruzar hasta que el aluvión se amanse y el entorno recobre el volumen perdido: las veredas, los cordones, el arroyuelo cuchicheante en los bordes del pavimento.

    La cultura paranasera está habitada de relatos mitológicos, protagonizados por autos estacionados sin el freno de mano que luego de la tormenta aparecieron inexplicablemente una o dos cuadras más abajo, sin evidencias de haber golpeado contra nada durante la náutica travesía, en una especie de milagroprofano. Mas, nadie que haya sido testigo de la correntada haciendo su trabajo por Misiones se animaría a poner en duda la inverosímil esencia de estas historias mínimas: haber visto el parabrisas de un vehículo soportando con estoicismo los embates alocados del agua o registrar el paso de contenedores de basura como si fueran camalotes de plástico, seránespectáculos poco frecuentes para distintas ciudades pero no para los vecinos de Misiones, la calle canal de Paraná.

    Luego, por cierto, cuando los ánimos climáticos se calmen, volverán a salir los gorriones y los moradores para retomar -unos y otros- las conversaciones que quedaron pendientes, en un sector de la ciudad donde el tiempo parece fluir bajo una dinámica propia.

    Especialmente por la mañana, en días hábiles, estacionar es todo un problema, incluso en Misiones. FOTO: Gustavo Cabral.

     

     

     

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